La algarabía de Morena está en su clímax en el Congreso de la Unión por la aplastante mayoría que obtuvieron como resultado de las elecciones del 1 de julio. Desde 1994 no se tenía tantos diputados y senadores de un solo partido político.
Este cheque en blanco otorgado por la ciudadanía a Andrés Manuel López Obrador representa una oportunidad dorada para llevar a México a niveles de desarrollo incluyente y sobre todo a hacerle justicia a la mitad de la población que vive en pobreza y marginación.
También, el país atraviesa por la mayor crisis de inseguridad pública de que se tenga memoria, además está lastimado por la corrupción y la impunidad.
Estos son los retos de un gobierno, en el cual el Ejecutivo podrá tener el respaldo total del Legislativo para emprender cualquier reforma constitucional que desee en aras, precisamente de alcanzar los resultados que exige la población.
En este contexto, todas las medidas anunciadas, tanto en la campaña como en el periodo de transición, como la cancelación de la reforma educativa, la consulta sobre el nuevo aeropuerto, la construcción del tren Maya, la descentralización de las dependencias federales y una lista interminable de buenos deseos, se evaluarán en su impacto en la solución de los problemas antes citados.
En el día a día, la ciudadanía calificará al nuevo gobierno y a los propios legisladores. La confianza depositada en el presidente electo López Obrador y en los 247 diputados y 59 senadores de Morena, es, sin duda, un arma de dos filos ya que si no entregan los resultados prometidos, de inmediato sufrirán el desprecio de una sociedad que ha sido traicionada una vez y otra también.
Sí los Morenistas están de júbilo, empero, no han leído bien el mandato de la sociedad que los eligió no para que celebren sus cargos, sino para transformar al país, no para irse de farra la noche del miércoles, sino para de inmediato trabajar en la presentación de todas las Iniciativas que darán pie a los dictámenes que de origen a ese nuevo entramado legal que requiere el país para salir del subdesarrollo.
De igual manera, los partidos de oposición tienen una enorme responsabilidad en el ejercicio de los contrapesos, hoy más que nunca necesarios para contener la vorágine marrón que se nos viene encima.
Sin embargo, con desazón se observa que las luchas intestinas en el seno del PAN y del PRI, los distraen de la responsabilidad fundamental que tienen de cara a los tiempos que vivirá México a partir del 1 de diciembre.
En el albiazul se vive la peor crisis de su historia provocada principalmente por la pusilanimidad de los panistas que dejaron que Ricardo Anaya y Damián Zepeda secuestraran al partido y como se ve el panorama, todavía pasarán varios meses para deshacerse de este par de lacras.
Por su parte, en el tricolor la situación no está mejor, de hecho, no existe una figura nacional de peso entre sus filas para reconstruir lo que Peña Nieto y sus secuaces, acabaron.
Sabemos que hay un par de gobernadores priistas que están esperando que termine el actual sexenio para comenzar la refundación.
Así las cosas, todo está puesto para que Andrés Manuel López Obrador pase a la historia como el mejor presidente de los tiempos modernos, sin embargo, lo que se aprecia en la transición es que están mareados por la victoria y ensoberbecidos por la derrota de los adversarios.