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Se tenía que decir… ¿Un país sin futuro? Por: Santiago Cárdenas. Destacado

30 Ago 2019
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A juzgar por lo que se ha visto en los spots del presidente Andrés Manuel López Obrador previos a su primer Informe de Gobierno, el próximo 1 de septiembre el mandatario no tiene mucho qué informar. Lugares comunes, información cuestionable o falsa, y la promesa de que “los compromisos se cumplen” es lo que contienen los spots.

 

En los tiempos que añora el presidente, los años setentas y ochentas, el Informe de Gobierno era el escenario en el que los mandatarios hacían anuncios importantes o al menos hacían el recuento de lo hecho en el año anterior. Este año, el recuento será mínimo. Por necesidad, y por necedad, en el Informe del próximo domingo López Obrador presentará la imagen de un México que hasta antes del 1 de diciembre pasado estaba en ruinas, hecho pedazos, en caos, pero que en escasos nueve meses se ha levantado gracias a lo que llaman la cuarta transformación.

 

Es el mismo discurso de su campaña, porque en realidad la campaña no ha terminado y el gobierno no ha comenzado.

 

En realidad, este primer Informe de Gobierno debería ser aprovechado por el presidente López Obrador para evaluar con sensatez, realismo y objetividad cuáles de sus políticas están funcionando y cuáles no, y cuáles de las políticas que ya existían sí funcionan y cuáles no. Y en el caso de las que no funcionan, revisar qué se puede mejorar y qué no. Sólo de esa forma México puede mejorar y avanzar.

 

Un ejemplo claro de que López Obrador sí entiende cuando se le explica con claridad y con sensatez, es el reciente acuerdo alcanzado con las empresas del sector energético por los ductos de gas que atraviesan el país. Al principio del conflicto el presidente, influenciado por el director de la CFE, Manuel Bartlett, exigía que al término de los contratos el gobierno de México se asumiera como dueño de los ductos. Carlos Salazar Lomelín, presidente del Consejo Coordinador Empresarial, le hizo ver que eso sería como que quien renta un departamento se quedara como dueño al término del contrato.

 

López Obrador lo entendió, y ello sirvió, en gran parte, para destrabar el conflicto generado desde la CFE. El acuerdo alcanzado no es mejor que el original, pero el gobierno lo festeja como un gran triunfo debido a que estaba metido en un gran embrollo que estuvo a punto de llegar a tribunales internacionales. En este asunto, al final el gobierno de México ganó recuperar un poco de la confianza que se le ha perdido entre el sector empresarial internacional a raíz de la suspensión de las obras del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México en Texcoco.

 

López Obrador sí es capaz de corregir, pero no de aceptar sus errores. Y otro ejemplo es el reconocimiento que hizo de que la reforma energética impulsada por el presidente Enrique Peña Nieto sí funciona. El gobierno de Peña Nieto logró comprometer inversiones por más de 300 mil millones de dólares mediante la reforma energética. López Obrador primero descalificó la reforma energética y señaló que las inversiones prometidas no llegaban al país.

 

Sin embargo, en esta semana el presidente recibió en Palacio Nacional al director general de la empresa italiana ENI, “la primera en producir petróleo luego de 4 años de aprobada la reforma energética”. López Obrador le agradeció por cumplir con su responsabilidad y por confiar en México.

 

El presidente nunca reconocerá que se equivocó, pero puede que sí corrija los errores iniciales en materia energética.

 

Terco como es, seguirá queriendo impulsar en México políticas que fueron probadas en los setentas y ochentas y que ya no aplican por las nuevas circunstancias nacionales y mundiales. López Obrador tiene tiempo de enmendar el rumbo. A nueve meses de gobierno, el país parece no tener futuro.

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