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Se tenía que decir… El reino de las 20 mil mentiras. Por: Santiago Cárdenas. Destacado

22 Ene 2020
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Había una vez un reino en el que gobernaba el rey Andrés. Él siempre había soñado con ser rey, y después de dos intentos, en una tercera ocasión logró que el pueblo derrocara al monarca copetón y lo colocara a él como mandatario. Antes de eso, en sus intentos previos para convencer al pueblo de que él sería el mejor monarca de la historia, Andrés había prometido muchas cosas: que el sistema de salud sería como en los reinos nórdicos, que vendería el avión real por lujoso (no lo tenía ni el reino del norte, aseguraba), que daría resultados inmediatos para mejorar la seguridad en el reino, que acabaría con la corrupción, que haría crecer la economía del reino como nunca antes, que daría paso libre a los migrantes que venían de los reinos del sur con la intención de llegar al gran reino del norte, entre otras muchas promesas.

 

El pueblo le creyó y decidió darle su confianza para que él fuera el nuevo monarca. Sin embargo, al poco tiempo, las mentiras empezaron a aparecer: el rey Andrés incumplió y las medicinas empezaron a faltar en los hospitales del reino, pues echó abajo el sistema de salud popular para instaurar un bodrio sin pies ni cabeza. El rey Andrés se hizo pelotas con la supuesta venta del avión real y anunció que en vez de venderlo lo rifaría, cosa que no estaba permitida porque el contrato de adquisición de la aeronave lo impedía. El reino registró el peor año en materia de inseguridad, en el que los crímenes de alto impacto se dispararon luego de que los delincuentes entendieron que podrían actuar y nadie les castigaría, pues el rey Andrés les propuso abrazarlos en vez de castigarlos.

 

El pueblo también esperaba que el rey Andrés atacara la corrupción, como lo había prometido, pero los habitantes del reino pronto se dieron cuenta de que esa promesa también había sido mentira, luego de que en vez de retirar de su cargo al jefe responsable del alumbrado del reino por habérsele encontrado decenas de propiedades y empresas que no correspondían con su trayectoria profesional, lo arropó y lo invitó a comer barbacoa en un restaurante popular en el que se tomaron fotos y festejaron su amistad.

 

En el caso de la economía, el reino empezó a caer en picada: los empleos se extinguían, la inversión se contraía, la obra pública escaseaba, y como consecuencia el crecimiento pasó a ser decrecimiento. El rey siempre tenía otros datos, y para él la prueba de que la economía marchaba bien era que había mucha gente en los supermercados, que en una de las provincias más pobres se construyeron ¡8! kilómetros de carreteras, y que en otras provincias prevalecía el trapiche y el agua se extraía a mano.

 

Mientras eso ocurría, el rey le ordenaba a su guardia real detener a como diera lugar a los migrantes del sur. El monarca tomó esa decisión luego de que el rey del gran reino del norte lo ordenara. El rey Andrés no tenía ni el valor, ni los argumentos ni la inteligencia para hacerle frente. Le tenía pavor, y por ello acataba sus órdenes sin chistar y sin replicar.

 

Con todo ese escenario, Andrés decidió que desde el púlpito real habría de encabezar un espectáculo mañanero diario. En él contaría chistes, bailaría, movería el dedito, haría malabares, le echaría la culpa de todo lo malo al pasado, pero sobre todo mentiría. Diría mentiras para que el pueblo le mantuviera su apoyo a pesar de los no malos, malísimos resultados; para hacerle creer a sus seguidores que en el reino había rumbo. Además, contrató a media docena de bufones (a unos los vistió con corbata de moño y a otros les ordenó hacer un programa de TV en una de las esquinas del Palacio real) para que difundieran sus mentiras casi como palabra divina, y con carácter de irrefutable. A quienes se atrevieran a contradecir la palabra real se les aplicaba el peor castigo existente: eran denominados conservadores.

 

Pero además, el rey encontró otro método para evitar que en el reino hubiera opositores: quien se manifestara en contra recibía un aviso de la Unidad de Imposición de que sus cuentas bancarias podrían ser congeladas, y ahí sí todo mundo se echaba para atrás.

 

En el espectáculo mañanero se contabilizaron cerca de 20 mil mentiras en el primer año de mandato.

 

Sus seguidores, muchos de ellos de no muy buena entraña, pronto empezaron a exhibir resentimiento social y empezaron justificar al monarca. Clamaban por que al rey se le otorgara más tiempo para demostrar que sí sabía gobernar. Suplicaban por que Andrés no fuera juzgado con la misma vara con que se juzgó a sus antecesores, del monarca copetón para atrás. Imploraban por que su rey fuera considerado como el mejor monarca de todos los tiempos.

 

Sin embargo, la realidad, esa terca realidad terminaba imponiéndose y dejaba al descubierto que, contrario a lo que pregonaba en el espectáculo mañanero, el reino de Andrés pintaba para ser el peor de la historia: entregado sin condiciones al reino del norte, con un deficiente sistema de salud en el que cientos morían por falta de medicamentos y de atención sanitaria, con una economía desplomada, sin generación de empleos ni inversión pública, con corrupción solapada y tapada por el propio rey, y con los más altos niveles de inseguridad desde que se lleva registro.

 

Pobre rey, decían algunos. Tanto que lo buscó, y ahora que lo tiene no sabe qué hacer.

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