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Se tenía que decir… Sí, está fallando. Por: Santiago Cárdenas. Destacado

27 Abr 2020
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En México, los presidentes (al menos los últimos cinco, que marcan la llamada etapa del neoliberalismo en el país) no han concluido sus mandatos con una buena calificación en sus niveles de aprobación. Al ritmo que va, Andrés Manuel López Obrador necesitaría un verdadero milagro para terminar su sexenio con buenos niveles aprobatorios.

 

Para medir manzanas con manzanas, es necesario revisar cómo iba la aprobación de los cinco anteriores mandatarios a estos niveles de sus respectivos gobiernos: Carlos Salinas de Gortari tenía 57%, Ernesto Zedillo 42%, Vicente Fox 61%, Felipe Calderón 64% y Enrique Peña Nieto 44%. Al término de sus respectivos mandatos, todos ellos tenían calificaciones reprobatorias.

 

Sin embargo, cada uno de ellos obtuvo sus calificaciones por razones diferentes, y cada uno de ellos enfrentó crisis diferentes que los marcaron y que, sin duda, influyeron en el ánimo social y, por ende, en su calificación final. 

 

En el caso específico de López Obrador, las expectativas ciudadanas por que encabezara un buen gobierno eran muy altas al inicio de su sexenio. Llegó a la Presidencia con un resultado histórico: obtuvo 53.19% de los votos, muy por encima del 22.27% de Ricardo Anaya y el 16.40% de José Antonio Meade.

 

Al arribar a la Presidencia, López Obrador contribuyó a incrementar las expectativas al afirmar que encabezaría una cuarta transformación de la vida pública de México (después de la Independencia, la Revolución y la Reforma), y que él sería uno de los mejores presidentes de la historia del país, lo que lo ubicaría al mismo nivel histórico de próceres como Miguel Hidalgo y José María Morelos y Pavón, y de presidentes como Benito Juárez, Francisco I. Madero y Lázaro Cárdenas del Río.

 

Sin embargo, muy pronto López Obrador dejó ver que su Presidencia sería unipersonal, dejando a sus colaboradores sin ningún tipo de participación ni capacidad de decisión, y ese parece ser su principal error. Hoy en día, cuando sus niveles de aprobación están en 48.4% y registran una caída de más de 14 puntos porcentuales en poco menos de año y medio de gobierno (estaba 62.6 en noviembre de 2018), el presidente se enfrenta a la que, sin duda, será la mayor crisis que enfrentará en su sexenio. Lo que se aprecia en medio de esta crisis es que el presidente no está tomando las decisiones adecuadas y que ello empeorará los resultados en México. De eso, el único responsable será él, tomando en cuenta su estilo unipersonal de gobernar.

 

En su discurso de toma de posesión, el 1 de diciembre de 2018, López Obrador retomó la exigencia que un ciudadano le planteó: “no tengo derecho a fallar”. Para ser justos, el resultado de su gobierno se verá hasta 2024, pero el rumbo que está tomando, su falta de acción para enfrentar la crisis y los resultados que se están reflejando en México dejan ver que el mandatario ya falló. El último reporte oficial dio a conocer que al principio de abril se habían perdido 346 mil 878 empleos formales en el país, un número similar al número de puestos de trabajo que se generaron el año pasado.

 

El presidente afirmó que en nueve meses se crearán dos millones de empleos, pero nadie confía en ese dato y los sectores productivos del país tienen los ojos puestos en el número de empleos que se perderán. Las estimaciones hablan de cerca de un millón de plazas.

 

Por otra parte, en el ataque al coronavirus el gobierno tampoco parece estar actuando de manera efectiva. El fin de semana anterior varios hospitales privados informaron que ya no cuentan con espacios disponibles para atender pacientes de COVID-19.

 

El presidente López Obrador ha decidido, por su forma de gobernar, que será él quien asuma las responsabilidades. Él tiene confianza en que todo saldrá bien, pero la apuesta es difícil y todo va en contra. Su discurso es de ánimo, pero cada vez menos personas confían en que esté actuando acertadamente.

 

El presidente está fallando. Le está fallando a un país que confió en alguien que siempre dijo estar preparado para gobernar, pero ha demostrado que no es así. No tenía derecho a fallar, pero lo está haciendo.

 

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