En la nueva normalidad política de México, una de las obsesiones presidenciales es la autosuficiencia. Entendida de una manera básica, la autosuficiencia significa que el país produce lo que requiere para su consumo nacional, y en teoría es práctica permite abaratar los costos de los productos.
La autosuficiencia, vista como una práctica económica, tiene la bondad de generar empleos. Sin embargo, son empleos de maquila que con el tiempo de convierten en mano de obra barata. En el país existen fábricas para producir todo lo que el país requiere en materia tecnológica, técnica, y de distintos sectores como el automotriz.
En las décadas de los 50, 60 y 70, y hasta mediados de la de los 80, el gobierno mexicano era un gran empleador, pues tenía empresas nacionales de casi todo, y en ellas trabajaban los obreros mexicanos. Eran tiempos en que la economía dependía prácticamente en su totalidad de los ingresos petroleros. En esos años también empezaron a crecer los ingresos por remesas que enviaban los mexicanos en el exterior.
El vuelco que dio la economía mundial a partir de la segunda mitad de los años ochenta, con el fin de la llamada Guerra Fría, obligó a los países a entrelazarse económicamente, y ello también forzó a las naciones a encontrar sus vocaciones económicas y explotarlas para abrirse paso en el mercado mundial.
Las visiones económicas cambiaron, y obligaron a despojarse de ideologías que ataban y lastraban el crecimiento económico nacional. En México, el gobierno se deshizo de muchas empresas nacionales. Quizás la transacción más ruidosa, más polémica y explotada por la oposición al gobierno de ese entonces fue la venta de Teléfonos de México, adquirida por el empresario Carlos Slim.
Es innegable que el servicio que Telmex presta hoy es varios miles de veces mejor que el que la empresa prestaba cuando era propiedad del gobierno. En ese tiempo, por ejemplo, contratar una línea telefónica era un proceso que podía durar hasta dos años, mientras que hoy el proceso para una línea doméstica lleva, cuando mucho, un par de días.
El término autosuficiencia, ligado a esos tiempos, también tiene una carga ideológica. Si bien el campo mexicano tiene como una de sus grandes bondades el ser diverso, lo cierto también es que la producción agrícola de México no puede ser autosuficiente sin la concurrencia empresarial. El gobierno y los productores no pueden solos.
Y ahí empiezan los problemas. La carga ideológica de la autosuficiencia alimentaria de México es romántica, y no considera la participación de nadie más que del gobierno y de los productores.
La autosuficiencia tecnológica de México es aún más complicada. La lista de productos tecnológicos hechos en México, con producción nacional, capaces de satisfacer los requerimientos de un consumo nacional, es muy corta. México ha sido tradicionalmente un país manufacturero y maquilador.
Por ello, llaman la atención los señalamientos del presidente Andrés Manuel López Obrador de regresar a los tiempos de la autosuficiencia alimentaria en el país. Ese esquema de gobierno en los tiempos actuales va ligado a la producción para el autoconsumo. El presidente quiere que en los hogares mexicanos los patios se destinen a la siembra de frutas y vegetales, y a la cría de animales para el autoconsumo. Economía pobrista.
En ese esquema, lo que el presidente propone es que las ciudades del país se adapten a una nueva realidad pobrista, y que en los millones de departamentos de edificios de las grandes ciudades se destinen espacios para la granja familiar.
Ello, en vez de que su gobierno entienda las condiciones actuales y con base en ello plantee esquemas de producción y de crecimiento acordes con los nuevos tiempos.
La sociedad saldrá muy lastimada de la etapa del encierro provocada por la pandemia del coronavirus, y lo que busca y necesita ahora son soluciones y opciones para producir y generar todo lo que no se pudo durante la cuarentena. En respuesta, el presidente receta un decálogo que parece salido de una clase de catecismo. En vez de soluciones, el mandatario te pide vivir en calma, sin estrés, meditando y buscando un camino de espiritualidad. En los nuevos tiempos, esos que llaman la nueva normalidad, el gobierno te vuelve a dejar solo.