La explosión de 2,750 toneladas de nitrato de amonio que llevaban almacenadas 6 años en la bodega no. 12 del puerto de Beirut, después de haber sido confiscadas a un barco en el puerto, ocasionó lamentables pérdidas humanas y económicas para los habitantes capitalinos de Líbano. La explosión dejó por lo menos 140 muertos, 5,000 heridos y cientos más desaparecidos, contabilizados hasta ahora. Se calcula que entre 150,000 y 300,000 habitantes capitalinos han perdido sus casas, mientras que los costos de reparación oscilan entre 3 y 5 billones de dólares, de acuerdo con las estimaciones del gobierno de Beirut.
El acontecimiento del 4 de agosto se da en un contexto decadente que venía azotando al país desde hace mucho tiempo atrás si se toma la premisa de que Líbano no ha podido restablecerse en su totalidad desde la duradera y devastadora Guerra Civil que vivió de 1975 a 1990. El sectarismo político sobre el que se edifica el aparato político del país, aunado con demás factores económicos, sociales y de corrupción, hace que la entramada situación libanesa no vea aún la luz al final del túnel.
Líbano vive crisis tras crisis. A nivel interno, las manifestaciones en 2019 debido a la débil economía, elevados impuestos y tasa de desempleo e infraestructura paupérrima. Es decir, la falta de acceso a servicios públicos como agua potable, entre otros, sacó a las calles a cientos de personas para exigir reformas, un cambio de gobierno y pronta respuesta. Después, a principios del año en curso, llega la pandemia de COVID-19 al país, que está dejando al borde del colapso al sistema de salud y que, después de la explosión, pende de un hilo al haberse destruido en su totalidad al menos 3 de los hospitales capitalinos. En seguida se vino una fuerte crisis económica ocasionando la pérdida del 85% del valor de la lira libanesa comparada con el dólar, junto con la inflación que llega hasta un 50% haciendo la comida inaccesible para gran parte de la población libanesa. No se puede dejar de lado que el gobierno corrupto, encabezado hoy por el grupo del 8 de marzo del presidente cristiano maronita Michel Aoun y Hezbollah (El partido de Dios), apoyados a su vez por Siria e Irán, se concentra en sus propios beneficios políticos y económicos. Todo esto se acumula a un hartazgo social que se terminó de agudizar con la explosión en el puerto de la capital.
Cabe mencionar que antes de la llegada de la pandemia, el Banco Mundial proyectaba que más del 50% de la población libanesa caería por debajo de la línea de pobreza en este año. La explosión acelera la decadencia del país hacia un grave colapso
Ahora bien, como ya ha sido mencionado por distintos analistas y medios internacionales, la explosión dio pie a varias teorías tratando de explicar lo sucedido. Automáticamente, como una de aquellas teorías, se vuelve a poner de relieve la tensa relación entre Israel y Hezbollah, que vivía un momento de enfrentamientos contenidos poco antes de la explosión. La confusión ocasionada hizo que se apuntara como principal responsable al Primer Ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, quien inmediatamente desmintió las acusaciones hechas deslindándose de lo sucedido. Por su parte, Hezbollah no culpó a Israel del ataque y desechó la teoría de que se hubiera golpeado alguno de sus arsenales. Dichas acusaciones, de ser ciertas, resultarían gravísimas por la inminente escala de un conflicto entre ambos actores que llevan 16 años en un mismo status quo. El desenlace en un conflicto armado entre ambos, resultaría por mucho más destructiva de lo que fue en el 2006.
Otra de las explicaciones y hasta ahora la más aceptada, es la negligencia del disfuncional gobierno al mantener almacenadas esas toneladas en un punto vital de la vida económica y poblacional del país. Desde hace 6 años que se sabía del almacenamiento, se habían mandado peticiones la gobierno para retirarlas y evidentemente hicieron caso omiso. La explosión resultó en un fuerte golpe económico pues el 80% se compone de las importaciones, además de que en ese mismo punto del suceso, se encuentra el almacén de trigo que alimenta a la población libanesa. Por lo tanto, ahora también enfrentan una crisis alimentaria exacerbada.
La comunidad internacional se ha solidarizado con Líbano. Israel, Arabia Saudita, Canadá, México y Francia son algunos de los países que ya han enviado ayuda económica pero no hay garantía de que sean usados e invertidos efectivamente. La explosión se convirtió en un punto de presión por parte de la comunidad internacional e instituciones como el FMI para que Líbano reforme su clase política.
En este mismo sentido, el escenario libanés resulta ser un tablero geopolítico de interés para las potencias extranjeras y regionales, así como grupos de interés como Hezbollah. El involucramiento de Francia es un claro ejemplo ya que puede ser tildado de intervencionista y de oportunista para posicionarse como un actor fuerte en asuntos de la región como lo han estado haciendo Turquía en el caso de Siria y Libia o la participación de la OTAN en el conflicto de este último en específico. Como resultado de la explosión, Israel se posiciona sobre Hezbollah al hacer que se miren y hable de los almacenamientos de arma por parte de la milicia chiíta en puntos dentro de la capital confluida de libaneses, mientras que esta milicia ha mantenido un bajo perfil en los últimos días como consecuencia.
La explosión del puerto o como se le conoce popularmente, La caverna de Ali Baba y los 40 ladrones socava la desesperanzadora situación del Estado libanés, al punto que se oye decir que ya es un Estado fallido. Las consecuencias se resentirán prolongadamente junto con el mismo Estado ausente en la vida de los libaneses y sobre todo la corrupción hará que la inestabilidad persista dejando que, una vez más, los más afectados de la situación en general sean los mismos ciudadanos libaneses quienes han salido a las calles para manifestarse y tomar el control de su país. Después de todo, la resiliencia del pueblo libanés, será lo que los dirija a la luz al final del túnel.