Había una vez un reino en el que el rey estaba acostumbrado a conducir su mandato solamente a partir de sus decisiones. Esas decisiones nacían de sus ocurrencias, y de su gran y enorme rencor hacia todos aquellos que osaban oponérsele, o que en el pasado habían sido parte o simpatizantes de gobiernos anteriores.
A sus ocurrencias se sumaban las mentiras, con las que hacía creer a sus súbditos que el reino era bien gobernado y que el futuro era promisorio.
El rey, pequeño intelectualmente, se hacía pasar por uno que conocía bien la historia del reino. Afirmaba que su ideal era reinar como lo había hecho hace ciento cincuenta años otro rey, indígena él, cuya historia se inclina a hacer creer que era austero. O sea, el rey actual, al igual que el de hace ciento cincuenta años, pregonaba la austeridad, pero no la aplicaba en la realidad.
El rey actual, soberbio hasta la médula, había llegado al reino a base de mentiras: mintió al decir que la economía iría mejor, al asegurar que se acabaría con el problema de la inseguridad y que su mandato sería democrático.
En los primeros siete meses de su reinado, la economía se iba a pique. Los inversionistas de otros reinos dejaron de invertir en el suyo, que se ubicó como el último lugar en el Índice de Confianza de Inversión Extranjera Directa que medía precisamente la confianza para invertir en los distintos reinos. En ese Índice, su reino se había ubicado en el lugar 17 en los años anteriores. Los motivos de ese desplome, según apuntó la empresa que hacía las mediciones, tenían que ver con las arbitrarias decisiones que el rey había tomado recién llegó al poder de cancelar la construcción de un aeropuerto que permitiría ubicar al reino como un gran hub logístico, lo que a su vez detonaría en importantes proyectos de desarrollo y generación de empleos.
En vez de ese aeropuerto, el rey proponía construir una especie de estación de autobuses con pistas para que aterricen aviones, en un lugar donde actualmente operaba una base aérea militar. Este proyecto se vio retrasado porque el área de gobierno relacionada con la protección al ambiente se tardaba en cuadrar sus argumentos para emitir un dictamen que le diera luz verde al rey para construir el nuevo aeropuerto sin dar pretexto a los ambientalistas, siempre tan molestos, de protestar en contra de la construcción de la nueva terminal aérea.
En general, el mandato del nuevo rey no era bien visto en el extranjero. Con mucha frecuencia aparecían nuevos videos en los que, en distintas partes del mundo, se burlaban de él. En su propio reino, mientras tanto, las encuestas mostraban que su popularidad y aceptación también iban en caída libre, y tan sólo en los últimos cuatro meses el rechazo a su mandato se había duplicado. Todo ello era provocado por su estilo de reinar.
Pero dentro de su gabinete no había nadie capaz de decirle no o de contradecirlo. Vaya, no había nadie capaz de sugerir un cambio a cualquier ocurrencia real.
De esa forma, en el gabinete empezaba a crecer una burbuja que era la inconformidad de varios de sus integrantes. No les gustaba ser vistos como meros floreros, pero tampoco se atrevían a encarar al monarca; no les parecía que los desmintieran y que los ridiculizaran en público, pero su dignidad era menor a su interés de mantenerse en la nómina real.
Este grupo de inconformes empezaban a alentar, sotto voce, al líder de los legisladores del reino. Él, poco a poco, empezaba a hacer públicas sus diferencias con el reino. Criticaba no al rey, pero sí las acciones ordenadas por el monarca, lo que enfurecía al mandatario que se sentía tocado por un rayo divino de infalibilidad y que ordenaba el cumplimiento de su voluntad a toda costa.
Las críticas del líder legislador eran festinadas por la prensa del reino. Las huestes reales amenazaban con hacer caer todo el peso de la monarquía en contra del legislador, a quien empezaban a atacar para desacreditarlo y amenazaban con retirarle el liderazgo que ostentaba.
En verdad, el líder legislador jugaba con fuego. Había sido nombrado líder en la Cámara de Legisladores por una especie de agradecimiento del rey. Si el rey se enojaba, era fácil removerlo del liderazgo.
Los opositores al rey -sus adversarios les llamaba él- veían con ánimo que algunos miembros del gabinete hubieran empezado a abandonarlo, y que algunos otros que simpatizaban con el reino hubieran empezado a expresar sus diferencias. El reino se está dividiendo, afirmaban los opositores. No tarda en resquebrajarse por completo, por la falta de inteligencia, la soberbia y la intolerancia del rey, añadían.
Los opositores, entonces, esperaban a ver cómo se desenvolvían los hechos, esperando que las inconformidades al interior del reino crecieran, que el rechazo popular al gobierno del rey aumentara, y que el reino vecino del norte también influyera en algunas decisiones que dejaban mal parado a su vecino del sur, lo que incrementaría, e incluso aceleraría, el hartazgo de un reino que no terminaba de agradar y que no estaba cumpliendo con lo prometido.