“Es muy importante la atención de los asuntos públicos como para encomendárselos a los economistas, es como encomendarle la paz de un país a un militar”, dijo ayer el presidente Andrés Manuel López Obrador, en su acostumbrada conferencia mañanera y con ello, por decreto, supeditó todo el quehacer público a la política.
“Claro que necesitamos a los economistas y necesitamos a los militares, pero tiene que coordinar los esfuerzos la política, no estoy hablando de la politiquería, estoy hablando de la política, del noble oficio de la política”, marizó su mensaje el mandatario.
Ahora entendemos perfectamente porque cuando los especialistas pronostican crecimiento económico del país muy por debajo de las expectativas presidenciales, de inmediato el jefe del Ejecutivo federal ataja esas estimaciones con frases como “vamos requetebién” o “Es los que dicen los conservadores”, y remata que él “tiene otros datos”.
El asunto es que el mandamás del país, hasta ahora, no ha dado con claridad los parámetros con que el gobierno mide el crecimiento del que habla y más dudas nos deja cuando decide, de la noche a la mañana, liberar 485,000 millones de pesos (mdp) para impulsar la infraestructura e incentivar la inversión y el consumo privado. Y entonces es cuando muchos se preguntan ¿pues no que vamos requetebién?
La medida anunciada, es un hecho, es una medida que responde cien por ciento a una estrategia económica y no política, porque políticas son las medidas de austeridad al grado de la parálisis del servicio público en diversas dependencias gubernamentales, políticas son las Becas Benito Juárez y que no son otra cosa más que regalar dinero a jóvenes que ni estudian ni trabajan, como políticos son los mensajes de que la corrupción ya se acabó o que ya no hay tolerancia para ello, cuando a la fecha, después de más de medio año de gobierno, los corruptos de los que tanto se habló en campaña siguen tan campantes y con sonrisa de pajarito. ¿Acaso hay dudas de que la política esté fallando?
Ayer el presidente desacreditó a los economistas y a los militares, pero también ha desacreditado a los representantes del poder judicial, al organismo electoral, a los órganos autónomos, a los periodistas, por cierto, con argumentos nada diplomáticos y mucho menos políticos.
En cuanto a los militares, ya no extrañan este tipo de expresiones surgidas desde la más alta tribuna presidencial. “Si por mi fuera, desaparecería al ejército”, para que estos elementos pasen a las filas de la recién creada Guardia Nacional, habría señalado López Obrador en una entrevista a un diario nacional hace casi un mes.
Otra vez las preguntas ¿Qué sería de México sin su Ejército? No hay que olvidar que los militares, no obstante, algunas acusaciones de exceso de uso de fuerza y violación a derechos humanos, son una institución que goza del respeto de la población y eso queda demostrado en la mayoría de las mediciones de opinión en que se cuestiona sobre las credibilidad y confianza que tiene la gente sobre sus instituciones, donde la mayoría del pueblo de México responde que confía en las fuerzas armadas y ese reconocimiento se lo ha ganado por la lealtad con que actúa cada vez que es requerido por la población, sea en situaciones de desastres naturales como en cuestiones de seguridad nacional. A pesar de la política y los políticos, ejército y marina siguen leales a las instituciones, así de fácil.
¿Entonces por qué la animadversión presidencial hacia el Ejército?, por qué contra los economistas, por qué contra los periodistas, por qué…