La sensación es diferente e incomparable. La preocupación y zozobra que mantuvo en vilo a algunos sectores de la población en los últimos casi seis años por el discurso beligerante, agresivo y amenazante de López Obrador desde el atril de Palacio Nacional, se ha disipado por arte de magia y ello no significa que su sucesora no vaya a mantener esa línea disruptiva, aunque nunca será igual.
Ya no padeceremos los periodistas los ataques desde el poder y menos seremos sujetos de todo tipo de violencia y persecución oficialista por ese discurso de odio que destilaba el tabasqueño contra sus detractores.
Los amarra navajas de Palacio y los Torquemadas de pacotilla, han perdido su poder, han dejado de surtir efecto sus intrigas, sus complejos sexuales y de inferioridad.
Esos Goebbels tropicalizados ya no causarán más daño, porque ya no tendrán a quien manipular con la información sesgada que le hacían llegar todos los días al Jefe del Ejecutivo Federal.
El discurso desde el poder se leía entre algunos de sus simpatizantes como órdenes expresas para atacar a sus enemigos.
Un sexenio que fue como media hora, pero debajo del agua, y que se pasó con una lentitud exasperante por el nivel de destrucción del andamiaje democrático e institucional que hizo AMLO para instaurar la autocracia.
La manipulación, la insidia y la mentira fue el común denominador de todas las mañaneras. De hecho no hubo ninguna conferencia matutina en la que el presidente no dijera una retahíla de falacias, de insultos y de culpar a otros para evadir la propia responsabilidad.
También, hay que decirlo, el nivel de zalamería de sus colaboradores, le hicieron perder el piso al tabasqueño a niveles de sentirse el iluminado, el mesías, el Tlatoani. Ese que en algún momento aseveró que “ya no se pertenecía, porque ahora era el mismo pueblo”.
Dirán algunos que el optimismo y ánimo esperanzador que destila este escribiente es desbordado y sin razón, toda vez que AMLO construyó la candidatura de Claudia Sheinbaum a su imagen y semejanza; y la forjó como una réplica, bajo de los principios ideológicos que comparte con sus célebres invitados a la toma de posesión. Estoy hablando de Miguel Díaz Canel, Luis Ignacio Lula, Gustavo Petro y Gabriel Boric, entre otras finísimas personas alineadas al Foro de Sau Paulo.
Lo que hay que ponderar es que existen notables diferencias entre la doctora y su antecesor que se han traslucido por las pocas decisiones que la ha dejado tomar, como el nombramiento de una decena de sus más cercanos colaboradores, entre los que destacan, Juan Ramón de la Fuente, Omar García Harfuch, Luz Elena González, Rosaura Ruíz, David Kershenovich, Víctor Rodríguez, Emilia Calleja, Lázaro Cárdenas, Jesús Antonio Esteva, Julio Berdegué, el pragmático Marcelo Ebrard y Altagracia Gómez.
En corto, varios de ellos comentan que su jefa tiene una visión diametralmente diferente con AMLO en temas como la sustentabilidad, educación, salud, desarrollo económico, disciplina financiera y por supuesto en seguridad pública, por ello, tan solo es cuestión de esperar para avalar sus dichos.
Es digno de destacar que la primera mujer presidenta haya retomado el camino de la cordura, empatía y de la institucionalidad, al acudir a Acapulco para encabezar los trabajos de rehabilitación y de apoyo a los damnificados, y ello de suyo, marca una línea diferenciadora con su mentor.
No dude estimado lector que en las próximas semanas se perfilará una mandataria diferente a lo que piensan muchos mexicanos en torno a una eventual sumisión.
En cualquiera de los casos, nada se puede equipar al meteoro tabasqueño y ello ya es ganancia.
Se habla de que la presidenta Sheinbaum ha girado instrucciones para reestablecer los puentes de diálogo institucional con diversos sectores productivos, políticos y sociales, en el que se incluye a personajes de la oposición, inversionistas y empresarios, además de diversos protagonistas del acontecer nacional.
Ojalá que así sea, porque eso de gobernar tan solo para sus simpatizantes resulta en un proyecto político fallido que incide en la gobernabilidad.
Entramos a otra etapa de la historia del México postrevolucionario, en donde acabamos de pasar la página del peor presidente que ha tenido el país para dar paso a una mujer en ese cargo y ello, augura páginas doradas en el siguiente capítulo.
