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Desde San Lázaro. Solo hay un mando. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

25 Ago 2026
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Desde San Lázaro. Solo hay un mando. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Claudiashein

Después de que Rubén Rocha Moya quedó en el peor de los mundos, sin los aliados que durante años le permitieron sobrevivir políticamente y bajo la presión de la justicia estadounidense, la crisis sinaloense terminó por revelar algo mucho más profundo que el destino personal de un gobernador: dejó al descubierto los nuevos equilibrios de poder dentro del oficialismo y, particularmente, la decisión de Claudia Sheinbaum de ejercer plenamente la Presidencia de la República.

Lo ocurrido marca un punto de inflexión. Por primera vez quedó la impresión de una presidenta dispuesta a imponer su autoridad frente a quienes suponían que el poder real continuaba teniendo domicilio político en Palenque. La insubordinación de Rocha Moya y las resistencias generadas alrededor de su situación terminaron chocando con una realidad elemental: en México solo puede existir un centro formal de poder presidencial y, mientras Claudia Sheinbaum ocupe Palacio Nacional, cualquier intento de construir un mando paralelo terminará provocando una confrontación inevitable.

Ese es el primer gran saldo político de esta crisis. Sheinbaum mostró energía y carácter para contener lo que parecía convertirse en una rebelión dentro de la granja. Si detrás de Rocha existieron personajes interesados en desafiar las decisiones presidenciales, el resultado fue contraproducente: terminaron fortaleciendo a la mandataria y acelerando un proceso que tarde o temprano tendría que ocurrir, el deslinde político respecto de Andrés Manuel López Obrador.

No necesariamente significa una ruptura con su mentor ni mucho menos una declaración de guerra contra el obradorismo. Sería ingenuo plantearlo de esa manera. Lo que sí significa es que Sheinbaum parece haber entendido que no puede gobernar hasta 2030 bajo la égida permanente del expresidente. Los costos, errores, crisis y decisiones de Estado recaerán sobre ella y no sobre quien habita en Palenque. Por tanto, también debe ejercer plenamente las facultades presidenciales.

El segundo elemento es precisamente ese: comienza una nueva etapa del sexenio. La presidenta necesita construir su propio espacio de poder, fortalecer a sus colaboradores de confianza y establecer una línea de mando que no dependa de consultas, vetos o recomendaciones provenientes del pasado. Gobernar implica tomar decisiones que eventualmente afectarán intereses de personajes surgidos del propio movimiento. Si la titular del Poder Ejecutivo pretende preservar su autoridad tendrá que hacerlo, aunque ello provoque nuevas fracturas en Morena.

El tercer factor es Donald Trump. La relación con Estados Unidos constituye posiblemente el desafío exterior más importante para México en décadas, particularmente por la negociación comercial, las amenazas arancelarias, la seguridad fronteriza, el narcotráfico y las presiones de Washington sobre personajes mexicanos señalados por autoridades estadounidenses.

Trump continuará presionando a su contraparte mexicana hasta el último día de su mandato porque esa es su forma de negociar. Frente a ello México necesita inteligencia, mesura, firmeza y capacidad diplomática. No sirven los discursos incendiarios ni las cartas cargadas de una retórica ideológica que perdió eficacia hace décadas. Tampoco conviene transformar cada diferendo bilateral en una batalla por la soberanía destinada al consumo político interno.

La defensa de México debe hacerse en las mesas de negociación, protegiendo inversiones, empleos, exportaciones y las cadenas productivas construidas durante más de tres décadas de integración económica con Estados Unidos y Canadá. El T-MEC representa demasiado para el país como para convertirlo en rehén de disputas políticas internas.

Sheinbaum parece comprender que con Trump hay que negociar desde la realidad y no desde la retórica. Eso explica también por qué cualquier personaje del oficialismo que pueda convertirse en un obstáculo para la relación bilateral representa ahora un problema adicional para Palacio Nacional.

Existe un cuarto elemento, quizá el más interesante políticamente rumbo a 2027: la crisis interna demostró que Morena no es invencible.

Durante años se construyó la percepción de que el movimiento fundado por López Obrador era una maquinaria electoral prácticamente imposible de derrotar. Sin embargo, las disputas internas, las candidaturas a las gubernaturas, las ambiciones personales, el desgaste natural del ejercicio del poder, los narcopolíticos y ahora las diferencias entre los grupos identificados con Palenque y quienes responden directamente a la presidenta pueden abrir espacios que antes parecían inexistentes.

La renovación de la Cámara de Diputados y las gubernaturas que estarán en juego el próximo año representan la primera gran prueba electoral del gobierno de Sheinbaum. PAN, PRI, Movimiento Ciudadano y las nuevas expresiones opositoras tendrán una oportunidad que podría desperdiciarse si continúan enfrascados en pleitos internos, dirigencias desacreditadas y estrategias construidas únicamente alrededor del antimorenismo.

La implosión del oficialismo no significa automáticamente el crecimiento opositor. Los votos no cambian de camiseta por generación espontánea. Para competir realmente se requieren candidatos competitivos, organización territorial, propuestas económicas y de seguridad creíbles y, sobre todo, convencer a millones de ciudadanos que pueden estar inconformes con Morena pero que tampoco encuentran una alternativa atractiva enfrente.

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