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Se tenía que decir… Interpretando la historia a favor. Por: Santiago Cárdenas. Destacado

27 Sep 2019
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Desde el inicio de su administración, Andrés Manuel López Obrador se propuso una meta muy ambiciosa: pasar a la historia como uno de los mejores presidentes de México. Es ambiciosa porque, en definitiva, el papel que a un presidente le asigna la historia no siempre depende de las acciones propias, sino también de quienes le acompañan en ese camino.

 

Por otra parte, López Obrador y quienes le acompañan en la labor de gobernar el país también parecen estar dejando de lado que no es al Estado a quien le corresponde interpretar la historia. Hacerlo, sólo evidencia dos cosas: o es un gobierno dictatorial que pretende imponer su visión de la historia, o su ambición y soberbia son tan grandes que buscan inclinar el pensamiento colectivo hacia sus intereses.

 

¿Qué dirá México de López Obrador a partir del 30 de septiembre de 2024, cuando entregue la banda presidencial a su sucesor? Sólo el tiempo lo dirá. Pero eso no debería ser una obsesión para un presidente, a menos que ya sea una obsesión.

 

La historia parece jugar un papel importante para esta administración. En dos recientes hechos se refleja la importancia que el lopezobradorismo le asigna a la historia, y la visión que se busca imponer a pesar de entrar en conflicto con otros actores.

 

El 23 de septiembre, la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, encabezó la ceremonia en la que a nombre del Estado Mexicano le ofreció una disculpa pública a Martha Camacho Loaiza, ex integrante de la Liga Comunista 23 de Septiembre, quien fue torturada a manos de militares durante la denominada “Guerra Sucia”. Sin duda es un acto de nobleza que el Estado ofrezca disculpas a una persona que fue torturada, pero el contexto se presta a generar resquemor en otros actores, por ejemplo, el Ejército Mexicano.

 

Al Ejército Mexicano se le ha acusado de diversas acciones de barbarie. Entre ellas, su participación en la llamada “Guerra Sucia”, en la represión a estudiantes del 2 de octubre de 1968, en los combates frente al EZLN, y más recientemente su supuesta participación en la desaparición de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero, en septiembre de 2014.

 

A quienes integran un sector radical de apoyo a López Obrador se les escuchó afirmar que los 43 estudiantes habían sido cremados en hornos de cuarteles, o incluso de la empresa Bimbo. Hoy esa versión ya no es conveniente a la causa lopezobradorista, y por ello ya no es repetida.

 

La posición del Ejército Mexicano hoy es complicada. Es una gran, noble y leal institución que no goza del afecto de su Comandante Supremo. El presidente de la República no tiene simpatía por el Ejército, y si por él fuera, como lo ha dicho, lo desaparecería.

 

La búsqueda de la reconciliación nacional debe iniciar por el Estado, sí, pero debe haber acciones de correspondencia, porque el Estado no es el único que ha ofendido a la sociedad. ¿Cómo queda el Ejército Mexicano al ofrecerle el Estado disculpas a quien integró un grupo guerrillero que secuestró y asesinó personas, civiles y militares? ¿No deberían, quienes integraron ese y otros grupos guerrilleros, también ofrecer disculpas a la sociedad mexicana?

 

Por otra parte, imponer la visión propia de la historia no contribuye a la reconciliación nacional. ¿Por qué el exdirector del INEHRM, Pedro Salmerón, se aferra en querer establecer que los “valientes jóvenes” que asesinaron a Eugenio Garza Sada lo hicieron porque “veían canceladas las posibilidades de participación y transformación política de un sistema político vertical y autoritario, ¿(y) buscaron cambiar las cosas por la vía violenta”? Según él, el asesinato de Garza Sada “fue resultado de la profunda división que experimentó la sociedad mexicana desde los años setenta”. Por cierto, estos “valientes jóvenes” también formaban parte de la Liga Comunista 23 de Septiembre.

 

Si en verdad el gobierno de López Obrador busca la reconciliación nacional, el Ejército Mexicano no merece ser vilipendiado y no merece aparecer como el malo de la película. Han sido muchos los factores que han provocado la división nacional, y en ello el propio lopezobradorismo tiene su parte de culpa.

 

Poner al Ejército en la picota no contribuye a la reconciliación; querer imponer la visión propia de la historia tampoco contribuye, y las obsesiones por acomodar la historia a favor de un proyecto, menos.

 

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