El desenlace de lo que ocurrió en Bolivia en los pasados días recientes no pudo ser más favorable para el presidente Andrés Manuel López Obrador. Dar asilo al exmandatario boliviano, Evo Morales, resultó una gran jugada política para el presidente de México, y una gran bocanada de oxígeno.
En términos boxísticos, López Obrador estaba contra las cuerdas y las piernas empezaban a flaquearle cuando sonó la campana que le dio un minuto para descansar. En este descanso, el mandatario mexicano debe evaluar si sigue con la misma “estrategia” y aguanta los embates de la realidad y de una sociedad cada vez más inconforme con su gestión, o si cambia y enfrenta de manera diferente los siguientes rounds.
Conceder asilo a Evo Morales condujo a la sociedad y la opinión pública a en México a enfrascarse en un debate estéril sobre si fue o no golpe de Estado lo que tumbó a Morales de la silla presidencial boliviana, y sobre si fue o no correcto que el depuesto mandatario de Bolivia se asilara en México. Incluso, el debate va sobre si debió o no mandarse un avión de la Fuerza Aérea Mexicana para trasladar a México a Evo Morales.
Con ello, los temas que se encontraban a discusión en México pasaron a segundo plano: la amenaza de los diputados morenistas de promover una reforma que reduzca el tiempo de Lorenzo Córdova al frente del INE, Culiacán, el ataque a los LeBarón, y más recientemente el hackeo a PEMEX, entre otros temas que a López Obrador y su administración les ha costado trabajo manejar mediáticamente.
El asilo a Evo sacó a muchos opinadores leales al lopezobradorismo a esgrimir sus mejores argumentos para justificarlo. Fue un golpe de Estado, claman, y se niegan a aceptar que la crisis boliviana fue provocada por el hoy depuesto presidente, quien en 2016 desestimó el resultado de un referéndum que rechazó una reforma constitucional que habilitaba al presidente para ir a una tercera reelección. Las cosas en Bolivia habrían sido diferentes si Evo no hubiese utilizado el cuestionable recurso del tribunal electoral de su país para obtener un tercer mandato.
Vamos, el tema de Bolivia sirvió hasta para que la Jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, exhibiese su notable ignorancia al comparar los tiempos en sus cargos de Evo Morales y de Ángerla Merkel, notoriamente diferentes al ser el alemán un sistema parlamentario que permite a su Canciller reelegirse de manera indefinida, mientras que la constitución boliviana fue reformada a modo para permitirle a Morales continuar en el poder.
Lo que la crisis boliviana resaltó es la enorme dificultad que muestran las izquierdas del continente para resolver sus procesos de sucesión. Lo vimos en Venezuela, con Chávez; en Ecuador, con Rafael Correa; en Brasil, con Lula; en Argentina, con los Kirchner; y muy probablemente en México, con López Obrador. Su talante autoritario y su vena reeleccionista -por considerarse iluminados e irremplazables- dificulta los procesos de sucesión y pone en riesgo a la democracia.
En el caso de México se observa cómo al actual presidente le cuesta trabajo deslindarse del aura reeleccionista que lo rodea. Las dudas sobre si maniobrará en un futuro para permanecer en el poder siguen latentes. Por otra parte, las pifias de sus seguidores en los intentos por controlar los contrapesos del poder en el país oxigenan la flama autoritaria y avivan el debate y la confrontación.
Evo Morales no las tendrá todas cómodas en México. Palpará en carne propia que hay un gran sector de la población que no se siente cómodo con la izquierda, y que ve en él la imagen de un dictador.
