La cercanía que nuestro país ha adquirido con el caso boliviano da pie a interpretaciones de facto sobre la manera en que el gobierno morenista de Andrés Manuel López Obrador maneja a su antojo momentáneo la famosa Doctrina Estrada.
Desde los inicios de la vida política de la administración morenista, la Doctrina Estrada se ha citado repetidamente ya sea por acción u omisión de la misma en la práctica de nuestras relaciones exteriores. ¿Qué es lo que realmente implica la famosa Doctrina en la Política Exterior de México? En primera instancia, se debe tener en cuenta que las doctrinas tienen una razón histórica de ser. A pesar de eso, no son camisas de fuerza para la ejecución de la política exterior. La Doctrina en cuestión menciona que “El gobierno de México [...] sólo se limita a mantener o retirar, cuando lo crea procedente, a sus agentes diplomáticos, sin calificar precipitadamente, ni a posteriori, el derecho de las naciones para aceptar, mantener o sustituir a sus gobiernos o autoridades.”[1]
Mencionado esto, el gobierno de López Obrador muestra favoritismo por el manejo de la doctrina a conveniencia del interés político momentáneo sobre la situación. Mientras que en el tema venezolano no fija una posición ni a favor o en contra del gobierno de Nicolás Maduro, sobre Bolivia hace lo contrario al enrollarse activamente en contra de la deposición de Evo Morales. Si bien, como se mencionó en el párrafo previo, las Doctrinas no son mandamientos que tienen que cumplirse a rajatabla, la apertura de maniobra que propone la doctrina tratada ha generado discusiones infinitas sobre su ambigüedad al actuar bajo estos lineamientos.
El gobierno federal mexicano recibió con abrazos y apapachos a Evo Morales, mostrándolo como la víctima principal de la situación política que se vive en Bolivia y omitiendo evidentemente que fue un presidente que actuó inconstitucionalmente al reelegirse mediante corrupción electoral, y no fue hasta sucedido el Golpe de Estado que decidió renunciar y huir. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador mostró su espíritu generoso con el mandatario contradiciéndose con su cause célèbre de legitimidad electoral dejando por sentado el precedente de que se puede tolerar múltiples veces la manipulación del sistema electoral desde el ejecutivo, y terminar siendo la víctima del embrollo político.
Por otro lado, no se puede dejar de evidenciar la participación de la OEA en la crisis y las confrontaciones de México en el seno de la Organización. El contundente mensaje amenazante del presidente de los Estados Unidos contra Nicaragua y Venezuela pone en evidencia sin sorpresas que la organización es obediente a los intereses norteamericanos y fue aún más evidente mediante la insistencia epistolar demostrando su inconformidad con los sucesos electorales mientras que para el caso chileno sólo condenó enérgicamente la represiones violentas por parte del Estado que dejó una treintena de muertos durante las protestas sociales.
La situación en Bolivia es una confluencia de factores tanto endógenos como exógenos que vinieron a bien para reforzar el posicionamiento norteamericano, para que México continuara ondeando su bandera de generosidad (a conveniencia) y para que el Estado boliviano se inmiscuyera en una crisis política y una profunda división política.
