El primer año de gobierno se cumplió, y con él se hace un primer balance de lo que ha sido la gestión de Andrés Manuel López Obrador al frente del Ejecutivo. Una vez más, dos visiones se enfrentan: la que ve avances en un cambio de régimen que poco a poco se consolida para acabar con la corrupción y los malos manejos presupuestales del gobierno, y la que ve un fracaso de gobierno y lo fundamenta principalmente en el estancamiento económico que se refleja en un nulo crecimiento, y el incremento irrefrenable de una inseguridad que ha alcanzado máximos históricos.
Una vez más, López Obrador organizó un evento público en el Zócalo de la CDMX para ofrecer su informe. Fue el cuarto este año. Al paso que vamos, de aquí a 2024 veremos veinte más en los que, como este domingo, repitió el mismo mensaje que el primero ofrecido en marzo pasado. Lo nuevo, quizás frases y promesas, pero nada concreto en realidad. Ofreció cifras difíciles de verificar, y que sobre todo contrastan con las mediciones oficiales de organismos gubernamentales y de órganos constitucionales autónomos. Ya a nadie le extraña que él siempre presuma otros datos.
El presidente sigue en campaña, una campaña que lleva ya muchos años y que por lo visto no terminará sino hasta 2024. Y aun así, quién sabe.
El presidente López Obrador tiene una forma distinta de gobernar. No ha salido del país una sola vez, ha viajado a todos los estados y no se ha bajado de su discurso de privilegio a los pobres, por encima de los privilegios de quienes sí cuentan con recursos, principalmente económicos. Concibe los programas sociales como la fuente de salvación de los pobres. No busca sacarlos de la pobreza, sino que cuenten con un alivio directo proporcionado por el gobierno, en el que también concibe una función paternalista.
Se ha rodeado de colaboradores que no le hacen sombra. No hay figuras poderosas en su gabinete como lo fueron José María Córdoba, Guillermo Ortiz, Marta Sahagún, Juan Camilo Mouriño o Luis Videgaray en los sexenios de Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Sus consejeros principales actúan en la sombra, no bajo las luces de los reflectores. Se dejan ver poco.
El presidente cuenta con una red de opinadores públicos que defienden a capa y espada sus políticas, sus propuestas y sus acciones. Ellos nunca ven un error. Ellos consideran que las críticas a López Obrador son consecuencia del fin del chayote, de pertenecer a una mafia del poder, de ser conservador, corrupto o fifí.
Lo que también es cierto es que, de continuar como vamos, a López Obrador cada vez le será más difícil y complicado mantener su aceptación popular real. No aquella que se mide en imágenes tomadas a modo desde las alturas para reflejar un Zócalo lleno, sino la que se refleja ante la pérdida de empleos, la disminución de los ingresos familiares, la rabia que provoca el ser víctima de la delincuencia,
Sus asesores, aquellos que trabajan desde las sombras, deberían también aconsejarle ser más empático con problemas actuales y con grupos vulnerables que hoy demandan atención, como son las mujeres que se sienten solas y ante la falta de acción de los gobiernos federal y estatales para brindarles seguridad. No todas las quejas provienen de sus detractores, y muchas de ellas son legítimas.
El presidente López Obrador ha convertido su gobierno en campaña. Gobierna como si buscase el voto. ¿Cómo si lo buscase?, no, buscándolo. Sin embargo, ahora la realidad le hará caer en cuenta que siempre es más difícil obtener la simpatía de la gente desde el gobierno que desde la oposición.
