Feministas en Chile que han contagiado su pegajosa melodía al grito de y la culpa no era mía, ni donde estaba ni cómo vestía, han visto replicado su performance alrededor del mundo: desde Australia, pasando por Europa hasta México. El video se hizo viral en una fracción de minuto consiguiendo replicarse inmediatamente utilizando los mismos versos y en ocasiones modificando una que otra parte; c’est la police, c’est la justice se escuchaba en la Plaza del Trocadero en París.
Días previos, exactamente el 25 de noviembre, se presenció la marcha del día internacional contra la violencia de género y en nuestro país se vivieron episodios donde Bellas Artes y monumentos de la ciudad fueron pintarrajeados, ocasionando rabia entre los citadinos. Lo irónico es ver que la rabia fue por ver los monumentos ultrajados, pero no así por las 9 mujeres en promedio que son asesinadas al día en México. Simplemente se decide invisibilizar/callar la demanda enfocándose en lo banal. Casi inmediatamente se dio a conocer a nivel nacional el caso de Abril Pérez Sagaon, víctima de violencia por parte de quien era su exesposo, un empresario con la suficiente influencia para mover las fichas necesarias dentro del sistema penal en el país, que aunque no es muy complicado de corromper, lo es aún menos para alguien poderoso económicamente. Abril terminó siendo asesinada y el culpable, así como los cómplices siguen impunes. Pero fue más importante denunciar el daño a monumentos que alzar la voz ante esta situación.
En España, Chile y Francia se vive una situación similar en cuanto a la incomodidad que el movimiento causa. El Estado es un juez que nos juzga por nacer se aprecia en las manifestaciones internacionales. Si bien es difícil hablar de perspectivas globales en cuanto a género por las diferencias contextuales y locales, se puede decir que una gran parte de las manifestaciones reclaman al Estado mexicano, chileno, francés, español, etc, etc que nos ha fallado y esto es un hecho, no meras opiniones al aire. Alrededor del mundo se exige que el principal proveedor de la debida satisfacción de los DDHH, actúe como tal. El Estado opresor es un macho violador, palabras que calan cuando se gritan y adquieren mayor sentido cuando se escuchan historias de violencia u acoso entre nosotras las mujeres, desde estudiantes hasta profesoras, madres, amigas, hermanas o simplemente conocidas, a nivel nacional e internacional. El tema incomoda, irrita y genera malestar. Como consecuencia genera burla por parte de quienes se han sentido señalados o a quienes les ha quedado el saco.
Entender que el objetivo no es polarizar, ni dañar aún más el tejido social de nuestras sociedades. Es todo lo contrario. No es hombres vs mujeres, tampoco es superioridad el uno sobre el otro, es tan simple como reconocer que existen fallas sistémicas de gravedad donde las mujeres somos y seremos las principales afectadas en una amplia gama de sectores. La concientización, empatía y finalmente la reestructuración del sistema es imperante para que ni en España, Chile, Egipto o México se tema por la seguridad de nosotras las mujeres por dónde andábamos, ni por cómo vestíamos.
