El triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador en julio de 2018 modificó el mapa político en México. A poco más de un año de gobierno, varias cosas han cambiado en el país en el escenario político, y estos cambios necesariamente obligarán a las nuevas clases políticas mexicanas, y a las no tan nuevas pero que busquen suceder a López Obrador o relevar a MORENA como partido gobernante a una nueva forma de comportamiento frente a la sociedad.
Difícilmente el gobierno de López Obrador cumplirá con sus promesas de campaña, pues muchas de ellas fueron expresadas con un objetivo meramente electoral. Es decir, es claro que López Obrador no será uno de los mejores presidentes de México, como él mismo lo ofreció, pero sin duda el lopezobradorismo sí modificará las relaciones políticas del poder con la sociedad.
Hasta antes de la llegada de López Obrador a Palacio Nacional, la relación política del gobernante con su oposición se había desarrollado en un tono muy distinto al que ahora se ve. Las relaciones, incluso entre el mandatario en turno con sus antecesores, se planteaban en un tono respetuoso, aunque hubiera agravios o cuentas por pagar.
En esos casos, hubo presidentes que enviaron a sus antecesores a Embajadas lejanas para que no tuvieran injerencia en la política interna del país y tampoco tuvieran tentaciones de continuar participando en política. Hasta antes de Vicente Fox, una costumbre arraigada era que los presidentes salientes dejaban de opinar de los asuntos políticos del país. El término de un mandato significaba la jubilación política.
Posteriormente, poco a poco los mexicanos nos fuimos a costumbrado a escuchar opiniones de expresidentes sobre asuntos políticos. Sin embargo, el respeto se mantuvo, y nunca se escuchó a un presidente expresarse mal directamente de un antecesor.
López Obrador rompió con eso, y sus expresiones hacia sus antecesores no son nada cordiales ni respetuosas. Al inicio de su gobierno, tuvo dos o tres deferencias con el expresidente Enrique Peña Nieto, pero nunca las ha tenido con Felipe Calderón ni con Vicente Fox. Es claro que para López Obrador el enemigo no es Peña Nieto.
En el modo de gobernar, ese en el que se privilegian las mentiras por sobre los datos duros, López Obrador también impone un nuevo estilo: es un gobierno neoecheverrista. Las políticas públicas que se han implementado provienen del pasado, de los setentas, del echeverrismo. Fue en esa época en la que López Obrador aprendió a hacer política, y es esa política la que él entiende y quiere reinstaurar en el país.
En su manera de gobernar, López Obrador también ha dejado atrás la política hipócrita de sus antecesores para pasar a una política de agresiones y de agravios que no llevará a nada bueno, pero que política y electoralmente le da buenos resultados al mandatario.
López Obrador dejó atrás la hipocresía y dio paso a la agresión. También dio paso a la represión, el amedrentamiento y el control amenazante. Así, no hay diálogo con la oposición ni expectativas de que en el futuro lo habrá. El presidente gobierna a rajatabla para aniquilar a sus opositores. Hoy nadie se atreve a contradecir a López Obrador y él lo sabe. Como en el echeverrismo, el tufo autoritario se respira en el país, y la nueva forma de hacer política en México nos hace regresar en el tiempo.
