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Se tenía que decir… Cuidar la investidura. Por: Santiago Cárdenas. Destacado

27 Ene 2020
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La denominada “Marcha por la Paz, la Verdad y la Justicia”, encabezada por el poeta Javier Sicilia y por integrantes de la familia LeBarón, arribó este domingo al zócalo de la Ciudad de México y fue recibida por un grupo de corifeos y propagandistas del presidente Andrés Manuel López Obrador.

 

Con antelación, el mandatario dio a conocer que no recibiría en el Palacio Nacional a Sicilia y a los LeBarón, pues no debe “exponer la investidura presidencial”, lo que dio pie a que los diputados de MORENA lo imitaran y decidieran tampoco recibir a los integrantes de la caravana porque no es conveniente hacer de este movimiento “un caso mediático”.

 

Lo que se pudo apreciar en el zócalo fue, por decir lo menos, grotesco: cientos de personas, abiertamente manifestadas como “obradoristas” exigiendo a quienes marchaban en la carava que “se regresaran a sus estados porque aquí no eran bienvenidos”, gritándoles que se dejaran de “shows”. Otros gritos que se escucharon fueron: “vendepatrias”, “traidores”, “amantes de Trump”, “fuera chayoteros”, “fuera mentirosos”. Por supuesto, no podían faltar: “es un honor estar con Obrador”, y “Obrador, Obrador, Obrador…”.

 

¿Quién ordenó este recibimiento a la caravana? ¿A quién se le ocurrió armar una campaña de hostigamiento a la Marcha por la Paz? ¿A quién le pareció bien mandar a este grupo de gente a agredir a quienes han sido víctimas de la violencia en el país?

 

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador no se ha distinguido por ser eficaz en el combate a la inseguridad. Por el contrario, los números fríos marcan que ha sido el peor, y al paso que vamos se superará a sí mismo cada año para sentar precedentes de fracaso en el combate a la inseguridad.

 

Sin embargo, el discurso y la retórica gubernamental dirán lo contrario y continuarán echándoles la culpa a los gobiernos anteriores. La incapacidad para detener la violencia se justifica con el argumento, cada vez más débil, de que las condiciones actuales son reflejo de los errores del pasado. Es decir, todo lo malo se debe al pasado.

 

El ataque de los corifeos a la Carava por la Paz exhibe el enfoque que algunos grupos en el poder le dan al apoyo a su líder. Para quien incita a estos grupos, apoyar a López Obrador implica no dejar pasar un solo comentario o expresión pública que critique a su líder. Para ellos, el líder es intocable, sus expresiones inapelables e incuestionables, y sus decisiones totalmente acatables. Nada de chistar, nada de oponerse, nada de expresarse en contra. Quien lo haga, va en contra de la gran cuarta transformación, aunque al final no haya nada qué festejar ni con qué congraciarse.

 

Para quien dirige a estos grupos, lo importante es mantener el pequeño privilegio de sentirse parte de un grupo triunfador. No importa que el país se caiga en pedazos, pues el triunfo de la revolución cuatrotera implica que haya sacrificios, y en este caso los sacrificios corren a cargo de los niños con cáncer que no cuentan con medicamentos en los hospitales públicos, de la gente que ha padecido la violencia en el país -como la familia LeBarón, a la que le asesinaron a nueve de sus integrantes-, y de quienes han perdido su trabajo en esta administración.

 

El presidente justificará a sus propagandistas, nadie asumirá la paternidad de estos grupos, para hacerlos pasar por “espontáneos”, y en un sector de la sociedad se seguirá llamando a los Sicilia y a los LeBarón “traidores” y “vendepatrias”. Para un sector de la población, el honor de estar con Obrador seguirá significando atacar a los “adversarios” a los “conservadores”, a los “fifís”.

 

Pobre México, de tan escaso valor moral para respetar los derechos de las víctimas a manifestarse. Pobre México, en el que cuidar la investidura presidencial significa el triste espectáculo de este domingo.

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