El fin de semana anterior ocurrió lo que todo mundo sabía que en algún momento pasaría: un pasajero y su familia decidieron bajarse del avión en el que viajarían a Villahermosa, Tabasco, al enterarse que en la misma aeronave se trasladaría el presidente Andrés Manuel López Obrador.
El señor Francisco Javier Quiroz Sandoval consideró inseguro para él y para su familia compartir la aeronave con el presidente López Obrador, y por ello decidió bajarse. Nadie, absolutamente nadie, ha negado que el señor Quiroz Sandoval, o cualquier otro, están en su derecho de bajarse del avión en el que viajará el presidente de México. Al momento de descender, el pasajero y su familia no hicieron mayor aspaviento ni borlote.
Al conocerse la noticia, inmediatamente se desataron los odios y las filias, y tanto opositores como seguidores del presidente fijaron sus posiciones en redes sociales. Los primeros argumentaron que, efectivamente, viajar en el mismo avión que el presidente agrava el riesgo y hace inseguro el vuelo. Los segundos, por su parte, en su mayoría decidieron no argumentar y eligieron otra vía para descalificar al señor Quiroz Sandoval: la de los insultos, las agresiones, e incluso las mentiras y difamaciones.
Los mensajes en contra de la decisión de Quiroz Sandoval fueron verdaderamente escandalosos. No porque escandalice o espante la polarización de la sociedad a la que el propio presidente ha contribuido, sino porque se empiezan a superar límites de la argumentación civilizada que debe privar en toda discusión.
Quiroz Sandoval fue acusado de encabezar un montaje para dañar la imagen del presidente. Además, fue insultado por su decisión de bajar del avión, y lo más grave y preocupante: fue difamado y calumniado al ser acusado de crímenes que no le corresponden. Un tuit de un exfuncionario federal, Simón Levy, señaló falsamente que Quiroz Sandoval estuvo preso y que haberse bajado del avión representó un montaje mediático. Acompañó el tuit de un expediente judicial que en realidad corresponde a otra persona: Francisco Javier Sandoval Quiroz.
La senadora Citlalli Hernández, la misma a la que supuestamente le estalló un artefacto en su oficina, de lo que no se ha informado algún avance en la investigación, también arremetió en contra del ciudadano que descendió del avión, en el mismo sentido que lo hizo Simón Levy. Posteriormente se disculpó, muy a regañadientes. Sin embargo, en su disculpa reconoció que “compró” información falsa, pero no se disculpó por avalar la difusión de información que, aunque hubiera correspondido a Quiroz Sandoval, raya en los límites de la ilegalidad. Cualquier ciudadano, incluso aquellos que han purgado condenas penales, tienen pleno derecho a decidir si viajan o no en un avión junto con el presidente. Criminalizar la acción arguyendo antecedentes penales es bajo, bajísimo.
Más allá de la discusión sobre el hecho protagonizado por el señor Quiroz Sandoval, lo verdaderamente grave es el nivel de agravio al que están dispuestos a llegar los seguidores de López Obrador cuando sienten que el mandatario ha sido atacado. Contradecir al presidente, no estar de acuerdo con él, conlleva el riesgo de ser atacado, insultado, y ahora difamado y calumniado.
¿Esos son, quizás, los chillidos de marrano a los que se refirió anteriormente el subsecretario de Gobernación, Ricardo Peralta? El subsecretario hacía referencia al refranero mexicano como fuente de sabiduría popular. Pero hay de refranes a refranes y de dichos a dichos. Calme a sus perros, presidente, dirían en mi tierra.
