Síguenos en:

Se tenía que decir… La comunicación presidencial. Por: Santiago Cárdenas. Destacado

10 Feb 2020
279 veces

Los principales partidos de oposición, por llamarles de alguna manera al PAN, PRI y PRD, hoy, a 19 meses y medio del triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador que los borró del mapa político de México, aún se encuentran aletargados, extraviados y sin rumbo.

 

En realidad, el triunfo de López Obrador y su forma de conducir la Presidencia están marcando un nuevo rumbo político en el país. Por ello, estos partidos deben reinventarse y renacer si desean permanecer vivos después de 2021 y 2024. De hecho, las encuestas muestran que, por ejemplo, en 2021 el PRI debe enfocar más sus esfuerzos en conservar su registro en diferentes entidades del país que en realidad competir por ganar.

 

En la Ciudad de México, por ejemplo, las encuestas muestran que, si bien Morena ha disminuido en su nivel de aceptación, esa caída no la han podido captar los tres partidos antes mencionados. El PRI de la ciudad capital está en peligro de extinción y el PAN se mantiene parapetado en las alcaldías Benito Juárez y Miguel Hidalgo, aunque en la primera de ellas ya está en riesgo de perder frente a Morena, y en Miguel Hidalgo parece distanciarse en un lejano segundo lugar.

 

¿Qué es lo que hizo fuerte en 2018 a Morena y hoy parece hacerlo imbatible en varias regiones del país? La respuesta es simple: Andrés Manuel López Obrador.

 

El presidente de México, por sí mismo, mantiene adelante a Morena en las preferencias electorales rumbo a 2021. Su partido, Morena, hoy ganaría caminando las elecciones intermedias y obtendría nuevamente la mayoría parlamentaria que le abriría el camino para hacer pasar todas las reformas que pretende su gobierno.

 

¿Cómo ha obtenido López Obrador tal fuerza? El actual presidente ha aprendido, a través de sus errores cometidos a lo largo de 12 años de candidatura permanente, que la comunicación política juega un papel relevante en la labor de gobierno. Con madurez, hoy la maneja mejor que nunca.

 

López Obrador ha conducido su comunicación presidencial en cuatro pilares: la demagogia, con la que evita discutir ideas o proyectos; la exacerbación, con la que mantiene vivo el enojo de la sociedad; la división, con la que arma dos bandos: ellos, los malos, contra nosotros, los buenos; y la distracción, con la que siempre desvía el foco de la atención de lo verdaderamente importante.

 

El mandatario ha sido muy eficaz para entender y delimitar el marco en el que los mexicanos entendemos y discutimos los problemas del país. De esa forma culpa al pasado y a ciertos grupos de la sociedad de todos los males para excusar los errores y abusos del presente. Nosotros somos los buenos, por ello no nos pueden comparar con los anteriores, lo malos, que representan la corrupción y los abusos. Ellos, los malos, le hicieron tanto daño al país que hoy cuesta trabajo combatir a la delincuencia organizada y por eso es mejor pactar con ella y abrazarla, en vez de aprehenderla, parece decir. Ese es el mensaje que ha mandado en diversas ocasiones.

 

Esa retórica demagógica ha sido muy útil para evadir la rendición de cuentas. ¿Alguien duda que si Manuel Bartlett, Napoleón Gómez Urrutia o Carlos Lomelí militaran en el PRI o el PAN hoy estarían en la cárcel o muy cerca de ella? ¿Alguien duda que si Rosario Robles fuera morenista estaría libre y exonerada? Los primeros son de los nuestros, y por eso los defendemos, y Rosario es de los otros, y por eso somos implacables, es el mensaje.

 

López Obrador se comporta como un padre trabajador, guardián de la moral y apapachador de los hijos buenos y castigador de los malos, y hace ver que los presidentes anteriores, principalmente Enrique Peña Nieto y Felipe Calderón, fueron “padres ausentes” y derrochadores, que consentían y maleducaban a sus hijos sin ocuparse de lo esencial.

 

El presidente también ha alimentado su mito: el de un hombre sencillo y bien intencionado que carece de conocimientos y es profundamente inculto, que promete demasiado y comete errores, que no roba, reparte dinero a los pobres y hace su mejor esfuerzo. Esto último es lo que hace entender la brecha entre los muy pobres resultados de gobierno y su alta aprobación presidencial.

 

Todo ello le ha dado muy buenos resultados al presidente, pero nulos resultados a México. Tener un presidente popular, carismático y con alta aprobación popular no es sinónimo de contar con un buen presidente.

 

A los partidos de oposición les ha faltado descifrar la comunicación política de López Obrador. Ese es su reto para las elecciones del próximo año y las de 2024.

Valora este artículo
(0 votos)