Síguenos en:

Se tenía que decir… La 4T, en terapia intermedia. Por: Santiago Cárdenas. Destacado

09 Mar 2020
271 veces

Uno de los riesgos de depositar todo el poder de una nación en una sola persona es que también se concentra toda la responsabilidad. Normalmente, se apuesta por los aciertos y llevarse toda la gloria, pero cuando llegan los errores también se carga con las consecuencias.

 

Algo así es lo que está pasando en México.

 

El presidente Andrés Manuel López Obrador decidió gobernar con un estilo autoritario, en el que todas las decisiones se toman en su oficina y se informan en el salón Tesorería del Palacio Nacional cada mañana. Nadie en su gabinete tiene autoridad para sugerir, y mucho menos contradecir una decisión presidencial.

 

En el gobierno anterior, en el de Enrique Peña Nieto, muchas voces hablaron sobre la enorme influencia que Luis Videgaray tenía sobre el presidente. Juan Camilo Mouriño también fue un factor de influencia en el presidente Felipe Calderón. Santiago Creel, Liébano Sáenz y José María Córdoba Montoya fungieron el mismo papel en los gobiernos de Vicente Fox, Ernesto Zedillo y Carlos Salinas de Gortari, respectivamente.

 

Todos estos mandatarios no sólo escuchaban las voces de estas personas. Varios allegados contaban con la capacidad y la posibilidad de sugerir y hacerle ver al mandatario en turno una visión distinta para hacer frente a distintos problemas. No se trata de que alguien más gobierne, pero sí de que escuche voces que lo lleven a una reflexión en cada caso.

 

Eso no puede ocurrir en un gobierno de una sola persona. Medios extranjeros lo han calificado así a raíz del análisis de su forma de gobernar. Nadie en su gabinete de López Obrador tiene la fuerza para dar la cara con credibilidad suficiente para atemperar los reclamos sociales o hacer frente a los errores de gobierno.

 

Algunos miembros del gabinete han optado por hacerse fuertes plegándose incondicionalmente, como las secretarias de Energía y de la Función Pública. Otros simplemente optaron por permanecer callados, como la secretaria del Trabajo. Otros más decidieron callar, luego de ser reprimidos en público por dichos o acciones, como el secretario de Comunicaciones y Transportes. Mención aparte tienen los floreros, como la titular de Gobernación o el de Medio Ambiente y Recursos Naturales.

 

A quince meses de mandato el presidente enfrenta, en soledad, todos los errores de gobierno. El presidente apostaba que el apoyo popular a su gobierno duraría mucho más. El mandatario creyó que por el rechazo a gobiernos anteriores se le perdonarían sus errores y su inoperancia. Hoy, con el país más violento y con la economía sin caminar, la sociedad empieza a exigir resultados. No choros, resultados.

 

En esa parte el presidente está fallando. No está dando resultados y todo se resuelve con justificaciones. Su popularidad seguirá bajando, como consecuencia de la inoperancia de gobierno. Lamentablemente, los crímenes seguirán ocurriendo, a pesar de que el discurso público del mandatario sea que todos los días, de 6 a 7 de la mañana, se trabaja para brindar seguridad.

 

En la caída de su popularidad, el presidente no ha entendido que se debe a que un sector de la población ya perdió la paciencia. Le echa la culpa a grupos de derecha, antagónicos a su gobierno, en vez de asumir que la 4T naufraga en sus errores.

 

El gobierno de López Obrador ha entrado a terapia intermedia. Los médicos empiezan a mostrar preocupación por el futuro del paciente, que no se deja ayudar.

Valora este artículo
(0 votos)