La hiperglobalización resulta ser no del todo poderosa. De hecho, ha resultado más débil de lo que se pensaba y se puede aludir a que la interdependencia en la que se sustenta puede romperse fácilmente ante la amenaza del ciclo natural. Vivimos en un mundo interconectado que se ha vuelto más accesible, fácil e instantáneo. Esta interdependencia es el talón de Aquiles de este modelo, ya que la aceleración epidemiológica que enfrentamos se ha colgado de esto para propagarse en casi todo el mundo. Así deja entrever las flaquezas y debilidades del sistema internacional, el Estado y las sociedades, o mejor dicho, la sociedad-mundo.
El mundo no enfrentaba una crisis de esta magnitud desde la Segunda Guerra Mundial. Cuando el mundo era rústico a comparación del de ahora y se desarrollaba en la primera mitad del siglo XX, donde la Revolución Industrial ya era el pasado y los nacionalismos estaban en auge. El fin de la guerra trajo consigo un sistema internacional realista que conformó hasta 1989 un orden mundial sin precedentes. El modelo neoliberal y el consiguiente avance tecnológico son la base de nuestro siglo, el de la hiperglobalización que traspasa las fronteras terrestres y derriba las abstractas, es decir en la transición hacia la digitalización. En éste, sus sociedades tienen más contacto entre sí no sólo tecnológico, sino físico por las facilidades de trasladarse y viajar alrededor del mundo. El coronavirus ha usado de transporte esta interconexión.
La encarrilada dinámica social del modelo de nuestro siglo se ha topado con un cisne negro. A pesar del debate que se ha generado en si la crisis pudo haberse prevenido (la económica ya se esperaba, pero no su pronta llegada) el coronavirus ha puesto en jaque el sistema social, económico, e incluso político sin previo aviso oportuno. La gobernanza global con sus organizaciones e instituciones titánicas también ha flaqueado ante esta crisis sanitaria. Estas últimas están a prueba e, irónicamente, este es el mejor escenario para demostrar de qué están hechas. Asimismo, el eje rector del mundo está siendo duramente golpeado, dejando con un margen económico muy corto de maniobra a muchos países. La duda ha sido dispersada sobre qué potencia dicta ahora en el orden mundial, y los Estados Unidos de América, evidentemente, no lo es. China nos ha hecho parar en seco para después, filantrópicamente, asistir a los países que se encuentran bajo la amenaza del virus, dejando ver así que ahora es ese país el que dicta los lineamientos económicos y por ende, de poder. El virus nos acerca a presenciar el esperado Nuevo Orden Mundial.
Los Estados también se tambalean, así como la forma de vida de sus respectivos habitantes. ¿Aún sigue siendo idóneo perseguir el modelo del Estado-Nación? La supervivencia de este último ya ha sido cuestionado con la globalización. Uno de los elementos fundamentales de la edificación del Estado es la soberanía y acaso ¿ésta sigue siendo intocable? es evidente que no. Abordar el discurso de la soberanía o hacer referencia a las fronteras cuando una crisis de esta magnitud supera estas líneas sobrepuestas con el modelo de Estado-Nación, sobra para hacer frente a esta pandemia.
Las responsabilidades internacionales atañen crisis como la que enfrentamos porque afectan al colectivo social, político y por supuesto económico internacional. Por lo tanto, la cooperación es lo que se necesita en estos momentos por parte de los Estados y al mismo tiempo, que éstos protejan a sus poblaciones. Sería un error catastrófico que en un mundo regido por el libre mercado y la poca participación estatal en el sector económico en la mayoría de los países, se proponga virar hacia el modelo proteccionista y cerrado que se creía superado por el modelo neoliberal. No obstante, las maquinarias Estatales necesitan rescatar y asistir efectivamente a sus poblaciones porque el mercado no es capaz de proteger a los más afectados ante la gran amenaza del coronavirus. Sin duda los nacionalismos se dejan ver con tintes xenófobos y racistas que encuentran su justificación en la pandemia, haciendo entrever la globalifobia latente.
Las personas más afectadas serán los refugiados, los de escasos recursos, los olvidados por el mismo sistema y seguirán siendo invisibles mientras las clases medias y altas se encierran en sus burbujas digitales, tratando de lidiar con una realidad que sobrepasa lo imaginado. Mientras tanto, el CO2 en el mundo muestra un bajo índice en comparación con los últimos años gracias a la inactividad humana. Esto ha sido un ultimátum como especie. Tal vez necesitamos soltar el acelerador un poco para enfrentar el cambio de paradigma que enfrentaremos terminada la pandemia. La resiliencia debe servir para replantear el estilo de vida que como especie humana llevábamos y que puede ocasionar efectos irreversibles.
