El gobierno de Andrés Manuel López Obrador está entrampado. Al inicio de su administración, el mandatario tenía muy clara la idea de lo que quería hacer y cómo lo haría. En esa idea, López Obrador se planteó hacer una refinería en su estado natal porque está convencido de que la única manera de salvar económicamente al país es resucitando a Pemex, un muerto viviente que empieza a apestar y que deambula por el mundo energético causando pena, lástima, y en algunos casos risa.
El presidente no contó con una crisis como la que vivimos hoy a causa del COVID-19. En realidad nadie contaba con ella, pero el mandatario se negó a aceptarla una vez que la teníamos encima. Con reflejos lentos, como ha sido durante todo su gobierno, López Obrador terminó reconociendo que la pandemia no respetaba ideologías y que su presencia en México era inevitable.
En ese momento, López Obrador hizo su propia interpretación de la crisis: entendió que a su gobierno le caía como anillo al dedo porque para el país significará hacer fuertes sacrificios y él será el héroe que salvará a la nación. Sus ideas no cambian, y por eso mantiene como obras prioritarias sus caprichos en Santa Lucía, Dos Bocas y en el sureste con el Tren Maya.
En esa alucinación, México sólo puede llegar a la gloria y a la salvación a través de la autonomía y la autosuficiencia energética. López Obrador añora los años 70, en los que el paradigma energético estaba basado en una economía petrolizada que permitía al gobierno contar con recursos prácticamente ilimitados, y que le permitían al Jefe de Estado ser casi un jeque árabe.
El mundo ha cambiado y hoy la globalización y un nuevo paradigma energético dominan el orbe.
Lo peor de todo es que el rescate y salvación de Pemex están muy lejos de ocurrir. El plan para ello lanzado desde el gobierno está basado en la idea de que es necesario producir más petróleo y refinarlo en el país. Ello, según López Obrador, garantizará la autosuficiencia energética y garantizará que México cuente con gasolinas más baratas. Este plan parece provenir de un proyecto de escuela primaria encargado a los alumnos por la maestra de cuarto año.
Quienes saben del tema energético han explicado hasta el cansancio que el petróleo mexicano es demasiado pesado y eso complica y encarece la refinación, por lo que no necesariamente se abaratarán los costos de producción de la gasolina mexicana.
Para éste y sus otros caprichos, López Obrador se quedó sin dinero y la crisis le terminó de arrebatar lo poco que aún podía rescatar para pagarlos. Pero su papel de salvador de México y de héroe nacional no pueden detenerse, y por ello está dispuesto a hacer enormes sacrificios personales, por lo que se redujo el sueldo y renunció a recibir aguinaldo a finales de año. Y qué caray, los subdirectores, directores, directores generales adjuntos, directores generales, jefes de unidad, oficiales mayores, subsecretarios y secretarios de Estado tampoco comerán pavo en diciembre, pues la medida de la reducción de salarios y de renuncia al aguinaldo también va para ellos.
Se han empezado a conocer versiones de que a los funcionarios de las líneas más bajas de este grupo ya les empezaron a circular la carta en la que de manera “voluntaria” renuncian a su aguinaldo. En caso de negarse a firmarla, les hacen llegar su renuncia al cargo.
Los empresarios manifiestan preocupación porque ven que el presidente echa mano de los fondos de emergencia, de la recaudación fiscal y de los fideicomisos. ¿Quién garantiza que no luego tomen los recursos de las Afores, y finalmente se vayan sobre las reservas internacionales y del Banco de México, con tal de solventar las obras caprichosas?
Para todas estas obras, López Obrador fija como plazo de término el 2022. Ese es el año que se considera para la resurrección nacional. Eso le permitiría ver sus obras, mirarse en el espejo y, viéndose fijamente a los ojos, asumirse como el mejor presidente de la historia.
Los expertos dudan que la refinería esté lista en 2022. Vamos, ni siquiera estaría lista en este sexenio.
El presidente López Obrador no contaba con que en su camino a la gloria se atravesaría el coronavirus. La crisis lo está mostrando como un mandatario sin idea, sin capacidad de reacción y sin liderazgo para encabezar el combate al COVID-19. Va derecho y no se quita, a menos de que la realidad se imponga de nuevo y lo haga ver como un mandatario que ha perdido contacto con la realidad y que navega en una alucinación en la que México es un país envidiado por el mundo entero por su forma de gobierno.
