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Se tenía que decir… Sí le cayó como anillo al dedo. Por: Santiago Cárdenas. Destacado

29 Abr 2020
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La pandemia del coronavirus sí le cayó como anillo al dedo al presidente Andrés Manuel López Obrador. Hoy podemos apreciar cómo la crisis desatada por el COVID-19 está sirviendo de pretexto para que López Obrador busque consolidar un presidencialismo que parecía haber quedado atrás, y que tiene como rasgos principales el autoritarismo y las decisiones unipersonales.

 

López Obrador saca del closet sus rasgos autoritarios y toma como pretexto la crisis para promover iniciativas que le cedan todo el poder de manejo del presupuesto federal sin tener que pasar por la aduana de la Cámara de Diputados, y amenazar con que, una vez que pase lo más álgido de la crisis, buscará hacerse también de los recursos de las Afores.

 

Amenaza también con “vigilar” al autónomo Banco de México para que no utilice las reservas internacionales en un supuesto rescate a las empresas del país.

 

Se ofusca, echa espuma por la boca y también amenaza cuando se le habla de un acuerdo entre el BID Invest y el Consejo Mexicano de Negocios que él desconoce, quizás porque con ello el sector empresarial mexicano le muestra que hay otras puertas y que no necesariamente todas las ayudas a las MIPyMES se definen en Palacio Nacional. De hecho, este sector de la economía, que genera el 78% del empleo formal en el país, se sintió abandonado y desplazado de los escasos apoyos gubernamentales para reactivar la economía. El presidente insiste en su desconocimiento y en echarle tierra al acuerdo entre el BID Invest y el Consejo Mexicano de Negocios, asusta con el petate del muerto de que seguramente habrá corrupción en él, y exhibe su mezquindad por no ser el protagonista de un mecanismo que le permitirá subsistir a un sector clave de la economía del país en el que el lopezobradorismo no ha querido poner los ojos.

 

La iniciativa que López Obrador busca se discuta en la Cámara de Diputados busca dotar al Ejecutivo (léase el presidente de la República) de facultades expresas que le permitan modificar el presupuesto a conveniencia en casos de emergencia o crisis. La gravedad de esta iniciativa radica precisamente en cederle todo el poder de controlar y manejar el presupuesto al presidente. Implica regresar a tiempos que parecían ya olvidados.

 

Por otra parte, el presidente parece olvidar, o desconocer, que el dinero que se encuentra en las Afores no es dinero público y no le pertenece al gobierno. Ese dinero, simple y llanamente le pertenece a los trabajadores, son sus ahorros, y el gobierno no debería estar pensando en disponer de ellos.

 

El subgobernador del Banco de México, Jonathan Heath, tuvo que salir a aclararle al mandatario que los 750 mil millones de pesos que se inyectarán para dar liquidez al sistema financiero sean de las reservas del país, como sugirió el presidente. Tuvo que explicar que son recursos de los propios bancos que simplemente antes no podían utilizar y ahora sí.

 

El enorme desconocimiento del presidente en materia económica lo ha llevado a exhibir sus tremendas carencias y su incapacidad de entender el mundo económico de hoy. Es un hecho que su idea de economía se quedó atrapada en los años setenta y ello explica el aferramiento a mantener las obras de tres proyectos que simplemente han demostrado su inviabilidad.

 

Pero así como su idea económica se quedó en esos años, su idea política también quedó atrapada en los setentas. Por ello bufa cuando deja de ser el niño del bautizo en el acuerdo estrictamente privado entre el BID Invest y el Consejo Mexicano de Negocios.

 

La emergencia le da el pretexto perfecto para endurecer su gobierno, mostrar más los dientes y las garras, y dejar claro que lo suyo, lo suyo, es simplemente el autoritarismo y el presidencialismo rancio.

 

López Obrador está decidido a regresar al país a esos tiempos en los que el presidente concentraba todos los poderes. Legislaba, administraba la justicia y dirigía el Ejecutivo, básicamente con el presupuesto en la mano.

 

Al inicio de este gobierno, los números alegres del presidente afirmaban que el combate a la corrupción arrojaría 500 mil millones de pesos que se utilizarían para atender las condiciones de rezago de los más pobres del país. Es un monto que sigue sin aparecer. El presidente se ve obligado a buscar otras fuentes de financiamiento para sus programas sociales, esos que le garantizan votos.

 

La crisis sí le cayó como anillo al dedo. De otra forma, no tendría manera de justificar la falta de dinero y la falta de resultados.

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