Al viejo estilo setentero, Andrés Manuel López Obrador desarrolló su tercera campaña por la Presidencia de la República prometiendo decenas de cosas que todo mundo sabía que no podría cumplir. No fueron sus promesas las que encantaron a los votantes, que por millones se volcaron a las urnas el 1 de julio de 2018. Los detonantes a favor de López Obrador fueron el hartazgo de la gente por un sistema político corrupto, y el deseo de cambio en un país que parecía no tener una opción diferente a la que ofrecían el PRI y el PAN, y que en realidad eran lo mismo.
En su campaña, el político tabasqueño prometió y prometió, y evitó meterse en debates estériles que a él no le representarían ningún beneficio. De esa manera, se la llevó tranquila y ganó, como diría aquel famoso argentino, caminando.
Una de sus banderas de campaña que mantuvo como mantra de gobierno es el combate a la corrupción. El método para acabar con la corrupción en el país consiste en imitar el procedimiento con el que se barren las escaleras: de arriba hacia abajo. Así, lo que López Obrador ofrecía, y ha ofrecido siempre, es que se acabaría la corrupción al más alto nivel primero, y poco a poco se iría descendiendo hasta acabar con la corrupción en las esferas más bajas de la sociedad.
Sin embargo, cuando ha transcurrido el primer cuarto de su gobierno, los incumplimientos se acumulan y ya generan desencanto y decepción. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental (ENCIG) 2019, realizada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el número de víctimas y de actos de corrupción en la prestación de servicios básicos en el país creció en 2019. El año pasado se registró una tasa de 15 mil 732 víctimas de corrupción por cada 100 mil habitantes, mientras que en 2017 la tasa se ubicó en 14 mil 635 víctimas, es decir, hubo un incremento de 7.5%.
15.7% de la población que acudió a realizar trámites, pagos, solicitudes de servicios, o bien tuvo contacto con algún servidor público, experimentó algún acto de corrupción. El INEGI estimó que la corrupción costó 12 mil 770 millones de pesos al país, lo que equivale a 3 mil 822 pesos promedio por persona afectada.
Pero también en los escalones de arriba ha permanecido la corrupción durante este sexenio. ¿Se acuerdan de Ana Gabriela Guevara, de Manuel Bartlett y su hijo León Manuel Bartlett? La Secretaría de la Función Pública ha volteado hacia otro lado cuando se mencionan estos nombres, que son los referentes más encumbrados de que la 4T también sabe hacer negocios.
La promesa insignia del gobierno no sólo no ha sido cumplida, sino que la corrupción ha aumentado.
Por eso a nadie debe extrañar que la aprobación presidencial vaya en picada y hoy ronde más o menos el 50%, dependiendo de la encuestadora.
Pero al presidente no le preocupa ni le acongoja que la corrupción se mantenga o aumente. Él tiene otras prioridades como la rifa del avión presidencial; reponer las reservas petroleras que se han agotado (aunque ello le lleve sólo millones de años); escribir un ensayo sobre economía moral, o disertar sobre la nueva forma en la que el mundo debe medir el crecimiento de los países, su bienestar y su felicidad, ahora que el PIB mexicano se ha le ha ido como agua entre las manos y que el coronavirus ha exhibido la torpeza e ignorancia para hacer frente a la crisis económica que empieza.
Alguien tendría que avisarle al presidente que el INEGI, ese mismo que hoy le recuerda que la corrupción no ha disminuido en el país, lleva varios años midiendo el “Bienestar Subjetivo”, una medición del progreso de las sociedades que surgió de un consenso internacional, que ya mide la felicidad y el bienestar de la gente.
López Obrador también se da tiempo de recordar que antes de tomar posesión mandó hacerle una limpia a la silla presidencial porque, dijo, desde hace mucho tiempo circulaba el rumor de que estaba embrujada. No fuera a caerle el embrujo y por eso fracase su gobierno.
La incompetencia también es corrupción, y el mandatario ha presumido en varias ocasiones el criterio de selección del personal que lo acompaña en este desastre llamado gobierno: 10% capacidad y 90% honestidad. A juzgar por los resultados vistos hasta ahora, el 10% fue una exageración y el 90% fue una mera aspiración. Lo bueno es que con la silla presidencial ya limpia, el presidente López Obrador no podrá fallar. O al menos ya no podrá echarle la culpa al embrujo.
