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Se tenía que decir… El beso de Trump. Por: Santiago Cárdenas. Destacado

26 Jun 2020
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El agua empieza a llegarle al cuello a Donald Trump. Está dedicando la mayor parte de sus energías a tratar de revertir los resultados de las más recientes encuestas, que lo ubican hasta 14 puntos por debajo de Joe Biden en el voto popular rumbo a la elección presidencial de noviembre próximo.

 

Quienes simpatizan con Trump dirán que el voto popular no define la elección en Estados Unidos y sacarán algunos otros argumentos para tratar de justificar la caída del presidente norteamericano en las preferencias electorales. Sin embargo, lo real es que a Trump no le cayeron “como anillo al dedo” ni la pandemia del coronavirus ni la muerte de George Floyd en Minneapolis.

 

En ambos casos, Trump decidió colocarse del lado equivocado. La soberbia, a final de cuentas, es la peor consejera que pueden allegarse los mandatarios.

 

Hace cuatro años, el 29 de junio de 2016, los entonces presidentes de México y de Estados Unidos, Enrique Peña Nieto y Barack Obama participaron junto con el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, en la Cumbre de Líderes de América del Norte, en Ottawa. Al término de la Cumbre, en una conferencia de prensa, se registró un desacuerdo verbal entre Obama y Peña Nieto por la concepción que cada uno de ellos tenía sobre el término “populista”. Peña Nieto se refería a los riesgos que implicaban los actores políticos que asumen posiciones “populistas”, a lo que Obama dijo que se debe ser cuidadoso al utilizar esa etiqueta. “Es un concepto que debe aplicarse a quien lucha por la justicia social, y yo mismo podría ser un populista”, argumentó Obama.

 

Varios minutos después de la conferencia de prensa, quedó claro que todo se debió a una mera interpretación del término, aunque en lo general los dos presidentes coincidían en los riesgos que implicaban los gobiernos populistas.

 

Recordar lo que ocurrió en Ottawa viene al cuento porque, al final de cuentas, en México y Estados Unidos ganaron las elecciones dos candidatos de corte populista. Esos dos personajes se reunirán en Washington en los primeros días del próximo mes de julio, en un momento difícil para ambos, con la intención común de levantar sus respectivas popularidades que hoy van en caída libre.

 

A Trump le urge enderezar el rumbo y reconquistar el voto de sectores estadounidenses que hoy parecen rechazarlo como consecuencia no sólo del coronavirus y el asesinato de Floyd, sino de una política que se ha inclinado más por la confrontación y la polarización de la sociedad norteamericana. A Andrés Manuel López Obrador, por su parte, también le urge consolidar respaldos y apoyos que lo lleven a revertir la caída de su aceptación popular, que hoy se ubica cercana al 45%, con miras a las elecciones intermedias del próximo año, en las que requiere conservar la mayoría en la Cámara de Diputados y ganar el mayor número posible de gubernaturas, si quiere tener un escenario políticamente favorable en la segunda mitad de su sexenio. López Obrador, al igual que Trump, se siente cómodo con la confrontación y la polarización de la sociedad.

 

Trump convocó a López Obrador a Washington, con el pretexto del inicio del T-MEC, como una mera estrategia electoral que le pudiera atraer votos.

 

López Obrador no puede negarse a acudir a la Casa Blanca, pues lo que ha sido su política exterior en lo que se refiere a la relación bilateral con Estados Unidos, se ha distinguido por una actitud francamente pasiva y de sometimiento.

 

El presidente de México se vio forzado a modificar su política migratoria por exigencia de Trump. También se vio obligado a mantener vigilancia en nuestra frontera por parte de miembros de la Guardia Nacional, para evitar la entrada a Estados Unidos de un mayor número de migrantes.

 

López Obrador intentará no acudir solamente a posar para la foto. Viajará a Washington con la intención de sacar algún acuerdo que le sea benéfico, y la mira está puesta en Genaro García Luna, el secretario de Seguridad Pública en el gobierno de Felipe Calderón, quien se encuentra detenido en Estados Unidos. El gobierno norteamericano, tan gustoso de los acuerdos, podría poner la zanahoria para que López Obrador se la trague completa, y ofrecerle alguna información obtenida que vincule directamente al expresidente Calderón con algún delito cometido por García Luna, a cambio del respaldo incondicional de López Obrador y el gobierno de México rumbo a la elección de noviembre próximo.

 

Otro interés que mueve a López Obrador para viajar a Washington es el de demostrar a los que él considera los sectores más radicales del conservadurismo en nuestro país, que él no es Castro, Chávez, Ortega o Maduro, y que su intención no es llevar a México al socialismo o al comunismo. Ser recibido en la Casa Blanca es importante para él, porque lo aleja de esos fantasmas.

 

Sin embargo, el gobierno de Trump no se la pondrá tan fácil. El embajador en México, Christopher Landau, ya dejó ver lo que realmente piensan en Estados Unidos sobre México, y podría ser una señal de alerta para el gobierno mexicano tomando en cuenta que fue una expresión pública. En privado, generalmente, las expresiones suelen ser más severas.

 

“Tampoco les puedo mentir, tampoco les puedo decir que es un momento oportuno para invertir en México. Sí se ven cosas muy desalentadoras para la inversión extranjera, en varios sectores hemos visto cosas preocupantes”, señaló en un foro virtual de la Confederación de Cámaras Industriales.

 

En público, insistimos, Landau reconoció que “México, como país soberano, tiene todo el derecho de establecer y cambiar sus políticas públicas”. Agregó: “para mí algunas de las acciones de los últimos meses, sobre todo en el sector energético, han creado incertidumbre sobre esa promesa del gobierno de respetar lo que se hizo en el pasado y de no cambiar las reglas del juego”.

 

El embajador Landau indicó que en los últimos meses se ha visto un gran esfuerzo del gobierno mexicano, ya no para el arribo de nuevas inversiones, sino para preservar las ya existentes.

 

La visita de López Obrador a Washington es de altos riesgos. El principal es que estará entregando todas las canicas a Trump para que siga en el juego. Otro verdadero problema será si en noviembre hay un nuevo presidente, demócrata, apellidado Biden. Era el mismo riesgo que existía en 2016, pues a Hillary Clinton no le gustó que Peña Nieto recibiera en Los Pinos a Trump. La diferencia es que ahora, por lo que dicen las encuestas, Donald Trump no la tiene fácil y una victoria demócrata en noviembre es muy probable.

 

Otro riesgo, quizás el peor, es el de la humillación. Nadie garantiza que Trump humille a López Obrador para mostrar su ascendencia. Si esto ocurriese sería trágico para el presidente mexicano.

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