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Se tenía que decir… Ya no fue. Por: Santiago Cárdenas. Destacado

01 Jul 2020
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Hace poco más de dos años, al final de la campaña presidencial de 2018, Andrés Manuel López Obrador expresó por primera vez en público su “legítima ambición de pasar a la historia como el mejor presidente de México”. Unos meses después, al tomar posesión como presidente de la República, expresó también: “no tengo derecho a fallar”.

 

En ambas expresiones, Andrés Manuel López Obrador está en falta.

 

El recurso más fácil al que puede recurrir un político en campaña es el de criticar a quien gobierna, sobre todo si no es de su mismo partido, y afirmar que todos los errores gubernamentales serán corregidos. Todos los candidatos dicen sí saber cómo gobernar, y cómo hacerlo bien.

 

No es un asunto privativo de México. En otros países ocurre igual. En Estados Unidos, por ejemplo, el presidente Donald Trump utilizó en su campaña presidencial de 2016 una frase muy llamativa que pegó muy bien entre la sociedad norteamericana: “Make America Great Again” (Hacer a Estados Unidos grande de nuevo).

 

Entre los mandatarios populistas es común haber hecho grandes promesas de campaña que posteriormente no se pueden cumplir. Donald Trump prometió construir un muro en la frontera con México, y que nuestro país pagaría por él. Esa fue una frase que en Estados Unidos gustó mucho a la base electoral de Trump, pero que en México disgustó mucho al gobierno y a la sociedad.

 

Atrás parecen haber quedado los resentimientos contra Trump derivados de sus ofensas, y hoy el presidente López Obrador prepara maletas para visitar en la Casa Blanca, el 8 y 9 de julio, a Donald Trump.

 

Por más que se niegue, la visita de López Obrador a Trump tiene tintes electorales, pues ambos mandatarios, tan parecidos en su forma de gobernar tienen problemas para mantener sus niveles de popularidad. Trump va abajo en las encuestas rumbo a la elección de noviembre en su país y usará la visita de López Obrador para mostrar a su base electoral que ha logrado comprometer a México en la contención de la migración ilegal hacia Estados Unidos. Es decir, como ya lo había mencionado antes, Trump usa a México para sus fines y objetivos migratorios.

 

Por su parte, López Obrador, que también va en picada en su popularidad y aceptación, tratará de que la visita a Trump le ayude a levantar sus bonos. Buscará mostrarse como un presidente mexicano que le habla de tú a tú al mandatario de la nación más poderosa del planeta. Buscará aparecer como el mandatario mexicano que logra arrebatarle acuerdos benéficos al presidente de Estados Unidos sin tener que empeñar la dignidad. Nada más falso que ello, pues la dignidad del gobierno mexicano frente a Trump se perdió desde aquel momento en que tuvo que cambiar la política migratoria de brazos abiertos por la de represión a los migrantes. O aquel otro episodio en el que Trump amenazó con revisar los resultados de las acciones migratorias de México en 45 días, para no imponer medidas arancelarias en contra de nuestro país.

 

En el caso de México, López Obrador prefirió la vía de la confrontación y la polarización de la sociedad como forma de gobierno, a tal grado que cualquiera de sus acompañantes ideológicos o de sus aplaudidores tilda de golpista o de sicario a quien osa criticar al gobierno o al presidente.

 

El gobierno de López Obrador faltó también a su compromiso de respetar la libertad de expresión. No acepta críticas ni otras formas de pensamiento.

 

A últimas fechas, López Obrador ha enfocado sus baterías a disminuir y atacar al Instituto Nacional Electoral. Lo ha acusado de haber tolerado fraudes electorales (a él, por supuesto) y busca apropiarse del Instituto con alfiles cercanos a él, que le sean leales y que garanticen una actuación que le permita mantener la mayoría en la Cámara de Diputados y ganar el mayor número de gubernaturas posible en las elecciones de 2021. Ello le permitiría al presidente transitar tranquilo, sin sobresaltos, la segunda mitad de su sexenio.

 

López Obrador llega al segundo aniversario de su triunfo electoral con un país en pésimas condiciones: más de un millón de empleos formales perdidos en los últimos tres meses; fuera del top 25 como país atractivo para la inversión extranjera; con un PIB que, en el mejor de los casos, caerá a -10%; con un pésimo manejo de la pandemia por el coronavirus, que tiene al país con cerca de 30 mil muertos; con la inseguridad al tope y con un aumento imparable de homicidios dolosos, secuestros y robos a mano armada; con un crimen organizado que por primera vez ejecuta un atentado en la Ciudad de México en contra de un secretario de Seguridad.

 

Los gobiernos populistas están cortados con la misma tijera. Para Donald Trump, que también ha tenido un desempeño pésimo en su país en el control del coronavirus, China tiene la culpa de la pandemia y México tiene la culpa de la criminalidad en su país. Para López Obrador, la culpa de todo lo malo que ocurre en México es de Felipe Calderón y los gobiernos neoliberales.

 

A dos años de su triunfo electoral, López Obrador nos ha dejado claro que dos de sus compromisos hechos en campaña y al inicio de su gobierno no serán cumplidos. Ya nos falló y ya no fue el mejor presidente de México. Ya no fue.

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