El gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador está teniendo una muy fuerte oposición en temas a los que le está costando trabajo hacer frente. Esa oposición está conformada por dos vertientes: la realidad y el actuar errático del propio gobierno.
Los malos resultados en la atención de los problemas socioeconómicos que han incidido en la baja en la aceptación popular del presidente López Obrador, como la falta de medicamentos para atender enfermedades graves, la estrepitosa caída en la economía nacional y los altísimos niveles de inseguridad pública, son consecuencia únicamente de dos cosas: o el gobierno no está actuando eficazmente, o lo está haciendo deliberadamente mal.
Lo que se ha visto en estos 20 meses de gobierno es que López Obrador ha buscado, y ha logrado, regresar al viejo estilo del gobierno unipersonal. Aquellos tiempos en los que el mandatario preguntaba la hora y todo mundo le respondía que era la que él quisiera han regresado, y regresaron con mucha fuerza.
Sin embargo, también es cierto que López Obrador está aprovechando la enorme descomposición política que llevó al país a carecer de una oposición fuerte y honesta que le haga frente. López Obrador navega en aguas tranquilas, porque tiene el timón y porque nadie puede arrebatárselo.
A finales de los años ochenta y principios de los noventa, el presidente Carlos Salinas de Gortari enfrentó una fuerte, digna y honesta oposición que encabezaba Cuauhtémoc Cárdenas. El hijo del General Cárdenas fue oposición hasta del año 2000, cuando protagonizó su tercer intento por llegar a la Presidencia.
Después, López Obrador tomó la estafeta de la oposición y también tuvo tres intentos para llegar a la Presidencia. Para cuando contendió contra Ricardo Anaya y José Antonio Meade, en 2018, López Obrador contó con el impulso de una ciudadanía harta de los excesos de quienes ostentaban el poder.
La llegada de López Obrador a la Presidencia acabó de tajo con la oposición. Sin embargo, al presidente le hace falta tener alguien a quien enfrentar. Él lo sabe, y por eso se inventa adversarios cada semana. Lo malo es que a estas alturas ya se ha confrontado con todos, y se siente cómodo haciéndolo.
No obstante, el presidente carece de oposición.
Los partidos políticos no han sabido ser oposición, o simplemente no pueden serlo. El PAN ha sido errático, carece de una dirigencia inteligente que articule a los panistas para aglutinar una estrategia opositora que lo lleve a recuperar los espacios perdidos.
Está aplicando la estrategia del felino. Se ha mantenido en la sombra, quieto, durante los últimos 20 meses y espera recuperar el tiempo perdido y dar un zarpazo al último minuto para derribar a su presa. Difícilmente le resultará.
Por su parte, el PRI también se ha mantenido en la sombra, pero por distinto motivo. Sus dirigentes decidieron callar por estrategia. Mantenerse agachados para que los esfuerzos “anticorrupción” del nuevo gobierno no voltearan hacia ellos.
En el PRI también tienen la brújula perdida. En 2021 su esfuerzo estará enfocado a no perder su registro, más que a ganar alguna gubernatura o la mayoría en la Cámara de Diputados. Si bien le va, el PRI servirá de partido satélite a aquel que sea una primera minoría.
No hay oposición al gobierno. Pero el andar errático del lopezobradorismo acabará con el propio gobierno, que parece estar empeñado a echarse encima a una sociedad que lucha contra la pobreza, contra la inseguridad, y exige que el gobierno atienda sus reclamos por mejores condiciones de bienestar en general.
La madre trabajadora que perdió el beneficio de las estancias infantiles, el burócrata al que ahora le descontarán cerca del 20% de su sueldo dizque para comprar medicamentos que nunca llegarán, el trabajador que perdió su empleo y ahora busca opciones de trabajo en la informalidad, el pequeño empresario que perdió su negocio por falta de apoyo gubernamental mientras ve que a sus vecinos se les entrega dinero en la mano por no hacer nada. Todos ellos se convertirán en la oposición al gobierno.
