La secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, tiene dos personalidades: la que hace afirmaciones temerarias cuando cree que nadie la graba, y la que se retracta, sumisa, ante los medios de comunicación.
Siendo así, ¿cuál es la verdadera titular de la Secretaría más importante del gabinete federal? ¿La que se enfrenta a sus compañeros de gabinete varones y los llama misóginos, o la que recula, se pliega, los escuda y justifica?
La exministra de la Corte que presume un perfil feminista, y que muchos catalogan como valiente, en realidad ha tenido un penoso papel en esta administración federal. Si bien el presidente Andrés Manuel López Obrador le procura un trato respetuoso, cordial y hasta cariñoso, lo cierto es que Sánchez Cordero es el florero más grande y vistoso del gobierno de México.
Olguita, como le llaman varios integrantes del gabinete y en el círculo más cercano al presidente, encabeza una Secretaría más administrativa que ejecutiva. El rumor de su salida del gabinete es constante, permanente, y por ello la exministra ha tenido que salir en varias ocasiones a asegurar públicamente que “está más fuerte que nunca”. La realidad es que, en el gabinete, le tienen mucho más respeto y temor a la esposa del presidente que a la secretaria de Gobernación. Son los nuevos tiempos y las nuevas formas, dirán para justificar.
En su más reciente pifia, Sánchez Cordero primero acusó abiertamente a sus compañeros varones del gabinete de seguridad de darle un trato misógino en las reuniones diarias previas a las conferencias de prensa del presidente en Palacio Nacional, y posteriormente los justificó afirmando que sólo se trata de una percepción que se debe a la “hipersensibilidad” que ella tiene sobre los temas de relación patriarcal.
¿Por qué se echó para atrás? ¿Fue reconvenida?
La primera mujer en ocupar la Secretaría de Gobernación parece no estar a la altura. Reconoció que sus expresiones e ideas vertidas en el gabinete de seguridad no son tomadas en cuenta. También ahí es un florero.
Con anterioridad también se retractó de declaraciones vertidas cuando ella no sabía que la grababan. En esa ocasión expresó su respaldo a una ley que permitiría al gobernador de Baja California, Jaime Bonilla, permanecer cinco años como mandatario estatal luego de haber sido electo por sólo dos años. “Estoy segura de que la norma va a prevalecer”, le dijo en un momento en que, a todas luces, el gobernador buscaba deslizar una ley anticonstitucional. La exministra se tuvo que retractar públicamente.
Sus pifias y su cada vez más reducida influencia en el gabinete federal la han arrinconado. Hoy, sus responsabilidades son menores.
El estilo de gobernar de López Obrador no ayuda a una secretaria de Gobernación que ve mermadas sus atribuciones. En el gabinete son más influyentes las secretarias de la Función Pública y de Energía, que la titular de Gobernación.
En la lógica del entramado del gabinete, en el que con frecuencia se enfrentan los moderados con los radicales, Olguita no está en la primera línea de ninguno de los dos bandos. Su presencia en esta administración es idónea para el estilo unipersonal de López Obrador, y ello tampoco ayuda a la figura de una secretaria de Gobernación a la que se le ha restado capacidad de interlocución.
Los gobernadores no la consideran. Prefieren tratar con otros miembros del gabinete, o directamente con el presidente. Para ellos, hablar con Olguita es perder el tiempo.
Su fama de florero se fortalece con episodios como el reciente, en que en vez de sostener su posición y dejar claro que no está de acuerdo con el trato que recibe por parte de los varones del gabinete de seguridad, se achica y hasta los justifica. Su explicación es penosa y la sume aún más en el rincón de la ignominia.
En un gabinete misógino, Olguita es quien padece el trato más despectivo por parte de sus compañeros varones, a quienes primero acusó de no tomar en consideración sus opiniones, aunque tuviera razón. Sin embargo, en palabras de la secretaria de Gobernación, todo se debe a su hipersensibilidad sobre los temas de relación patriarcal.
