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Se tenía que decir… Un presidente así. Por: Santiago Cárdenas. Destacado

30 Oct 2020
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¿Cuál es el papel que debe jugar un líder democrático en un país con enorme inseguridad, con una economía en picada, con falta de certeza jurídica y carencia de Estado de Derecho, con una sociedad profundamente dividida y con altos niveles de corrupción?

 

Bueno, la lógica dice que un mandatario democrático se enfocaría en resolver todos estos problemas, o al menos sentar las bases para su solución esperando que los siguientes presidentes terminen de completar la obra. En esa lógica, nadie en ese país podría oponerse, dar la espalda, o entorpecer la labor del presidente.

 

Ese presidente, evidentemente democrático, contaría con un altísimo respaldo popular y sería querido por una gran mayoría de la población. La oposición carecería de argumentos de reclamo, y se resignaría a acompañar al gobierno durante el tiempo que dure la gestión. La participación política de cada partido político de oposición se limitaría a ver cómo disminuye su militancia, su simpatía.

 

Por su parte, el partido político del presidente vería aumentar sus adherencias, sus seguidores, sus militantes. Todos ellos, convencidos, se sumarían a la lucha contra la corrupción, contra la inseguridad. Coadyuvarían a fortalecer el Estado de Derecho y la seguridad jurídica del país denunciando cualquier acto de corrupción, demandando al gobierno que no solape a funcionarios corruptos y sobre todo, exigiendo que incluso si algún familiar del presidente fuese sorprendido en algún acto de corrupción sea investigado y sancionado.

 

Un gobierno así tendría el reconocimiento de la prensa nacional e internacional, de los empresarios locales y foráneos, e incluso de otros gobiernos. Un gobierno así tomaría decisiones para beneficiar a todos; no sólo a un sector de la población, sino a todos. Un gobierno así dialogaría con todos los representantes de los distintos sectores de la sociedad y escucharía sus puntos de vista sin estigmatizarlos ni colgarles adjetivos. Los sectores productivos se sentirían atendidos, respaldados, y con gusto se sumarían a las decisiones gubernamentales para sacar al país de un hoyo cavado por todos en el pasado.

 

Ese presidente, junto con su gabinete, gobernaría mirando hacia adelante, con la intención de construir un próspero futuro para todos. Entendería que el pasado no se puede cambiar, y que el futuro se construye con las acciones del presente. Ese mandatario asumiría con humildad su responsabilidad, y evitaría colocarse en un papel mesiánico. Por nada del mundo pontificaría, y por nada en el mundo se asumiría con autoridad moral por sobre los demás.

 

A ese presidente le sería extremadamente fácil dejar atrás rencores, traumas y venganzas.

 

Los miembros del gabinete de ese presidente tendrían libertad de pensamiento, de expresión. Actuarían con libertad, y sobre todo, actuarían. No se limitarían a atender órdenes caprichosas y a ejercer sus funciones con fe ciega. No.

 

Un presidente como ese no requeriría una manada de bots en redes sociales, ni de patéticos aplaudidores de primera fila para enaltecer su gobierno. Tampoco necesitaría realizar análisis del comportamiento de la prensa, y mucho menos sobre la objetividad, positividad o negatividad de los comentarios de columnistas y articulistas. Entendería, por supuesto, que aún de la crítica se aprende y que no todo comentario a favor es necesariamente bueno.

 

El mandatario sabría que el reloj tiene más horas que las que él quiere, sería ajeno a las adulaciones, tendría amigos verdaderamente críticos que no se asumirían como oficialistas.

 

Pondría a salvo a su familia de críticas burdas porque él evitaría actuar de la misma manera al referirse a otros personajes. Ese presidente buscaría la concordia y la unidad, y no consideraría adversarios a quienes no piensan como él. Les tendería la mano, y no se mofaría de ellos.

 

No mentiría para justificar sus dichos. No mentiría.

 

Un presidente así tendría el legítimo derecho de ser recordado como uno de los mejores de la historia. No lo exigiría, simplemente la historia haría su trabajo y lo colocaría en el lugar que le corresponde. Un presidente como ese sería empático con los males que aquejan a grupos específicos con problemas, como los niños con cáncer, las mujeres que se sienten violentadas e inseguras en sus comunidades, las víctimas de delitos de alto impacto.

 

Los pobres serían atendidos, pero también los clasemedieros, e incluso los pudientes. Todos serían atendidos.

 

Ese, sería un presidente democrático y no un fantoche.

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