Al cumplirse los primeros dos años de gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, varias dudas han quedado despejadas para entender la forma de administrar y de gobernar en la llamada 4T.
A nadie le queda duda de que el país no va bien, a pesar de que ese sea el discurso presidencial. Tampoco hay dudas sobre lo que busca el presidente: tener control absoluto de los recursos y del poder.
La economía, el combate a la pandemia y la seguridad pública son los tres principales rubros en los que México va pésimo y el gobierno de López Obrador no acierta. En la economía, desde antes de la pandemia el PIB había tenido decrecimiento y la generación de empleos iba en picada; en el combate a la pandemia, México es uno de los peores por sus resultados, y en seguridad pública los números fríos indican que el gobierno ha perdido el control.
En el caso de la pandemia, está más que claro que México es de los países que peores resultados está dando: el cuarto lugar por el número de muertes, el décimo lugar por el número de contagios, el que más alta tasa de mortalidad tiene, el país en el que más personal de la salud ha fallecido.
Ante ello, la discusión ya no puede basarse en los resultados. Éstos indican que el país va pésimo.
La discusión debe basarse ahora en dos preguntas: ¿quién definió la estrategia a seguir para enfrentar la pandemia? ¿Fue López Obrador, fue el secretario de Salud, Jorge Alcocer Varela, o fue el subsecretario Hugo López-Gatell?
Esta “estrategia” estuvo basada desde un principio en proclamar como número de éxito la disponibilidad de camas en los hospitales públicos para la atención de pacientes de COVID. El gobierno siempre ha resaltado que no ha habido saturación en los hospitales públicos, pero no ha explicado cómo es que habiendo supuestamente camas disponibles los enfermos de coronavirus siguen sin ocuparlas.
Los pacientes de COVID no las están ocupando porque, simplemente, no los están dejando entrar a los hospitales. Un paciente de coronavirus que requiere hospitalización en un hospital público tiene que realizar una peregrinación en busca de un hospital en el que pueda ser recibido. De esta forma, muchos pacientes han optado por internarse en un hospital privado, o de plano quedarse en casa.
La “estrategia” nunca privilegió salvar vidas. La preocupación del gobierno siempre ha sido cuidar su imagen. ¿Quién definió esa “estrategia”? La pregunta debe ser contestada, porque quien la haya definido será el responsable de los más de 105 mil fallecimientos que se han registrado hasta ahora en el país. Quien haya definido esa “estrategia” deberá cargar con esos fallecimientos en la conciencia.
La segunda pregunta es: ¿de verdad el gobierno no piensa modificar el rumbo ante los pésimos resultados obtenidos? ¿Es tanta la soberbia presidencial para asumir que las cosas van bien, cuando es más que evidente que no es así?
Modificar el rumbo implicaría aceptar que deben realizarse más pruebas de detección del coronavirus en la población, tomar medidas más rígidas para el control de la movilidad poblacional, destinar recursos para el apoyo de micro, pequeñas y medianas empresas sin considerar que ello significa rescatar a grandes empresarios, activar la economía desde lo local, fomentar el consumo, no confundir subejercicio de recursos con ahorros, dejar a un lado las ideologías y actuar con pragmatismo.
El gobierno de López Obrador ha actuado precisamente al revés.
El gobierno deberá responder las dos preguntas. Eventualmente, el discurso en el que se le echa la culpa al pasado ya no podrá ser usado más, y el gobierno deberá asumir que actuó mal en el combate a la pandemia. El número de fallecimientos va en alza, y nadie duda que, de continuar como va, fácilmente se duplicará en el primer trimestre de 2021, un año electoral en el que se decidirá si el partido en el poder conserva la mayoría en la Cámara de Diputados, y 15 estados renuevan su gobierno.
Son dos preguntas cuyas respuestas nos permitirían entender un poco más a un gobierno que no sabe gobernar, pero sí sabe embaucar.
