El destacado filósofo, político, orador y escritor Lucio Anneo Séneca, conocido simplemente como Séneca, afirmó que “no hay viento favorable para el barco que no sabe a dónde va”. Perder el rumbo, el foco, en cualquier ámbito, equivale a carecer de estrategia, y esto último es simplemente imperdonable en la ejecución de un programa de gobierno o una política pública.
En un gobierno medianamente democrático, las estrategias y planes de actuación definen las acciones a seguir para alcanzar objetivos. Pero para ello debe haber objetivos.
En un país tan complejo como México, el arte de gobernar también tiene que ver con la habilidad de atender todos los problemas al mismo tiempo. Y esa no ha sido precisamente la cualidad de la 4T.
Con toda claridad, al gobierno de México en este momento solamente le importan las elecciones de junio de este año. Todo lo demás, para el gobierno, es paja.
Y en esa línea, la actuación de los servidores públicos, iniciando por el propio presidente Andrés Manuel López Obrador, empieza a adquirir tintes que van de lo ridículo a lo más ridículo. Lo peor de todo es que entre ellos se justifican, se aplauden, se apapachan, y eso los hace ver aún más ridículos.
Si no fuera grave, sería cómico.
Ver a Hugo López-Gatell salir de vacaciones en el momento más crítico de una pandemia en el país que él tiene como responsabilidad combatir, abordando un avión halando por teléfono y sin usar cubrebocas, es indignante. Pocos, muy pocos en la 4T entendieron la gravedad de lo que hizo López-Gatell, y por lo mismo la gran mayoría de los integrantes de este gobierno los justificaron y lo apapacharon.
“En mi caso y el de mi equipo, estando las cosas como están en la Ciudad, no podríamos tomar un descanso ahora, definitivamente”, expresó la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum. Al menos ella mostró sentido común y sensibilidad política.
Ésta última, la sensibilidad política, suele perderse por la soberbia, algo que ataca a los servidores públicos cuando han escalado a un nivel en el que se sienten intocables, infalibles e intachables. En ese momento, el político empieza a pontificar, a ofrecer cátedra y a asumirse como incomprendido.
Si me atacan es porque los medios son corruptos y porque estamos acabando con la corrupción en el país y porque los conservadores tratan de conservar sus privilegios y porque estamos barriendo las escaleras de arriba a abajo y porque nosotros somos buenos y ellos son malos y porque el pueblo manda. Esa es la línea de argumentación, montada en la soberbia, para justificar cualquier acción de los integrantes del gobierno.
¿Quién dice que los niños están muriendo de cáncer por falta de medicamentos y quimioterapias, si nosotros estamos acabando con la corrupción y logramos quitarle el monopolio de las medicinas a los corruptos laboratorios, y además nos deshicimos del Seguro Popular -que no era seguro ni era popular- y ahora tenemos un servicio médico público como el de Dinamarca? ¿Por qué se empeñan los medios corruptos en señalar a la prima del presidente, Felipa Obrador, si en los gobiernos anteriores robaban más?
¿Por qué señalan a López-Gatell, si el pobre ha trabajado mucho y bien?
¿De verdad no entiende el subsecretario que como responsable de la estrategia (es un decir) nacional de combate a la pandemia y del recién iniciado periodo de vacunación su deber era permanecer al frente, como lo haría cualquier general en campaña? Sólo actúa así, como él lo hizo, quien se sabe protegido y se ha montado en la soberbia. Y sí, vaya que lo está.
Los familiares de los más de 127 mil fallecidos por COVID-19 en México merecen saber que las autoridades de su país están verdaderamente comprometidas en el combate al virus. Es lo menos que esperan.
