El presidente de la República Andrés Manuel López Obrador tiene la obligación moral de ser más inteligente que soberbio.
Son incontables las razones por las que Félix Salgado Macedonio no debe ser gobernador de Guerrero, más allá de que debe ser sometido a la justicia para que se demuestre o deslinde su responsabilidad frente a las denuncias en su contra, en un sistema de justicia politizada que deja indefensas a las mujeres.
Salgado Macedonio no debe ser gobernador porque sería un paso más y muy grave en la institucionalización de la violencia contra las mujeres de Guerrero y del país.
Salgado Macedonio no debe conservar su candidatura por Morena, porque a pesar de su pertenencia originaria al proyecto de AMLO desde comienzos de siglo, no le ha sido leal: no es leal a AMLO porque tiene cola que le pisen, porque divide al equipo, porque manda madrear a las mujeres que lo denuncian instrumentando a otras mujeres. No es leal a AMLO porque le da parque al adversario, porque le hace pasar vergüenza a los seguidores del Movimiento de Regeneración Nacional y lo más grave: convierte en el imaginario colectivo, no al compañero de lucha, sino al presidente de la República, en cómplice de un presunto violador.
Conocí al entonces presidente municipal de Acapulco en 2006, en una reunión informal nocturna con cuatro reporteros locales, los más emblemáticos. Me sorprendieron de entrada dos cosas de él, una que a pesar de tener facciones propias y evidentes de una persona alcohólica, no tomaba, bueno, en esa época; la segunda que llegó acompañado de una joven atractiva, no mayor de 20 años.
La plática se desenvolvió sobre algunos temas que en ese entonces ocurrían en Acapulco, como el alto índice de delincuencia y la víspera de la celebración del Tianguis Turístico a celebrarse en Guadalajara y no en el puerto como tradicionalmente se hacía.
Bromista, afable y con un dejo de sarcasmo e ironía continuó la reunión en medio de las puyas amistosas de los compañeros periodistas. Al concluir llegó otra joven que salió con el alcalde acapulqueño y su acompañante.
Hizo gala de su fama de conquistador y de que le gustaban las jovencitas, y se hablaba de ello en todos los corrillos políticos. En ese entonces también lo precedía su estela de violador, sin embargo, solo quedaba en “chismes” que formaban parte del anecdotario popular.
No volví a ver a Félix Salgado Macedonio, solo seguí su trayectoria y andanzas desde lejos, hasta que llegó al senado en donde se destacó por las ridículas y absurdas iniciativas que intentó presentar, pero sus correligionarios no lo dejaron.
Ahora está en la antesala de ser gobernador de Guerrero, merced a la enorme simpatía de Morena en la entidad y al respaldo inconstitucional que le ha brindado, su amigo, el presidente de México. Enfrenta una resistencia formidable de las mujeres sin partido, no solo de la entidad, sino del país, a grado tal, que, incluso no pocas morenistas connotadas lo aborrecen en privado aunque en público, tienen que tragar sapos. Las más valientes alientan la rebelión en la granja de la regeneración nacional.
Lo inteligente sería demostrar que “no es igual” al poder que desplazó; debe mandar al amigo Salgado Macedonio a rehabilitación, porque parece que no entiende lo que es violentar a una mujer; no permitir el triunfo de los intrigosos de Irma Eréndira y su hermano desalmado; otorgar la candidatura a una mujer (Morena tiene varias brillantes) con quien podría vencer al oportunismo opositor. AMLO puede ganar todo aún, pero si lo nubla la soberbia, también puede perder para siempre el respeto de una generación de mujeres mexicanas.
