Olga Sánchez Cordero comió un poco de desafío la semana pasada y abandonó por unos días la pasividad que la caracteriza. Hizo declaraciones que son extrañas en ella, algunas de ellas contrarias a las que expresa públicamente su jefe, el presidente Andrés Manuel López Obrador.
Primero, la secretaria de Gobernación se manifestó públicamente en contra de la candidatura de Félix Salgado Macedonio a la gubernatura de Guerrero, inmediatamente después de que López Obrador diera luz verde a que el “Toro sin cerca” fuera el abanderado de Morena para esa posición.
En una conferencia de prensa, Sánchez Cordero aseguró que su postura es clara, pues “ningún candidato, que quede claro, que tenga temas de violencia y que no sea idóneo para ser postulado debería ser candidato de ningún partido político”. Sin mencionar su nombre, el mensaje lanzado por la secretaria de Gobernación fue un dardo lanzado directamente a la línea de flotación de una candidatura que va en contra del sentido común y de la justicia, pero no en contra de lo que quiere el presidente.
Desde días antes, López Obrador había fijado su posición sobre la candidatura de Salgado Macedonio, y era de total apoyo. Pidió dejar al pueblo de Guerrero decidir, o lo que es lo mismo, que Salgado participe en la elección y que el pueblo guerrerense decida si quiere o no que él sea su gobernador. También descalificó las acusaciones de abuso sexual en contra de Salgado Macedonio, las que calificó como “un asunto partidista, producto de la temporada de elecciones”.
Sánchez Cordero debería comer más seguido lo que comió la semana anterior.
Durante el foro “Participación política de las mujeres en México: retos y temas pendientes”, organizado por la Harvard University Mexican Association of Students, la secretaria de Gobernación repitió lo que desde octubre del año pasado había expresado: que en las reuniones diarias de seguridad sus compañeros varones de Gabinete habían tenido actitudes machistas y misóginas contra ella, y que no tomaban en cuenta sus opiniones. En aquella ocasión, tras ver lo que sus declaraciones provocaron, Sánchez Cordero optó por echarse para atrás, y se retractó.
“Cuando yo dije que sufría violencia en las reuniones de seguridad, era cierto. ¿Por qué? Porque se hacían grupos de puros hombres, era yo la única, y saben quién me volteaba a ver, nadie. Antes de que llegara el presidente, ahí estaban cuchicheando todos, menos yo, yo no estaba incluida en esas bolitas de funcionarios”, refirió en esta nueva ocasión la secretaria de Gobernación.
Su dosis de rebeldía, sin embargo, también tuvo límites. En la misma reunión dijo que estas situaciones, en las que sus compañeros de Gabinete simplemente no la pelaban, “ya no se han vuelto a repetir durante las reuniones de Seguridad”. Para no desentonar con su jefe, dijo que en los medios de comunicación la continúan “criticando”, y señaló que la han llamado “florero”. Recalcó que este tipo de ataques han venido, principalmente, por parte de los medios de comunicación. “Ustedes han visto los permanentes ataques de la prensa, que soy un adorno, que soy un florero, etc.”. Atribuyó este comportamiento al hecho de que ella ocupa actualmente una posición que era tradicionalmente para un hombre.
El plato de desafío y rebeldía que Olga Sánchez Cordero comió la semana pasada, debió aderezarlo con un poco de criterio, realidad y sentido común. Quien la puso en posición de florero fue su jefe, el presidente, quien le quitó a la titular de la SEGOB las atribuciones más importantes que tenía. La atención de los derechos humanos se la entregó a Alejandro Encinas y las acciones de migración se las entregó, de facto, a Marcelo Ebrard, secretario de Relaciones Exteriores.
¿De qué se encarga hoy la SEGOB? De nada. La política interna la conduce el propio presidente, y la seguridad pasó a ser una secretaría aparte. La relación con el Poder Legislativo también la lleva directamente el presidente, quien desayuna con frecuencia con Ricardo Monreal. Sánchez Cordero sigue siendo un florero, aunque de repente le den ataques de rebeldía. Ojalá pronto le dé también un ataque de dignidad.
