En México, hay de ciudadanos a ciudadanos. Un ciudadano muestra su enojo, su frustración y su odio desde Palacio Nacional, y otros ciudadanos expresan su propio enojo, impotencia y frustración en las calles.
Al ciudadano Andrés Manuel López Obrador le enoja y le frustra que su partido pierda fuerza y vaya en picada en algunos estados y regiones del país, cuando falta menos de un mes para la elección intermedia en la que, entre otras cosas, está en juego la mayoría en la Cámara de Diputados y 15 gubernaturas.
Le enoja y le frustra que el arrastre de su partido, Morena, haya perdido fuerza y que los triunfos que se pronosticaban al inicio del proceso electoral hoy estén en duda.
Al ciudadano López Obrador, que denuncia como ciudadano, por supuesto, que el candidato del PRI al gobierno de Nuevo León, Adrián de la Garza, ofrece apoyos a futuro mediante una tarjeta, le frustra y le enoja que la candidata de su partido, Clara Luz Flores, se haya desplomado hasta un tercer lugar en la contienda electoral de la entidad después de haber arrancado como puntera en las encuestas.
El enojo y frustración del ciudadano López Obrador lo llevan a iniciar un ataque fúrico para descarrilar la elección en Nuevo León, a retomar su campaña de odio contra periodistas, empresarios y activistas que lo critican, y a levantar afanosamente distintas cortinas de humo para distraer a la población de los problemas que el gobierno federal se muestra incapaz de resolver.
Pero ese enojo y frustración también llevan al ciudadano López Obrador a distanciarse de un gran sector de la población que demanda resultados y que exige al presidente y a su gobierno las soluciones que ofrecieron. El ciudadano López Obrador no ha tenido empatía (quizás porque no le guste esa palabra) con las víctimas del reciente colapso de la línea 12 del Metro de la Ciudad de México, probablemente porque sabe que para ese pueblo al que él dice responder no hay más culpables que los más recientes jefes de Gobierno, y dos de ellos son muy cercanos a Palacio Nacional e incluso buscan habitar en él.
Y mientras el ciudadano López Obrador se ahoga en sus propios jugos biliares, el ciudadano de a pie también se expresa frustrado y enojado. Le frustra el cinismo del ciudadano López Obrador, que en vez de expresar su apoyo a las víctimas de lo ocurrido en Tláhuac, insiste en respaldar a la jefa de Gobierno.
Al ciudadano de a pie le enoja y le frustra que el ciudadano López Obrador mande al carajo la posibilidad de visitar la zona colapsada por el derrumbe de un tramo elevado de la línea 12 del Metro, pero sí haya visitado la zona de las inundaciones en Tabasco del año pasado. Al ciudadano de a pie le frustra que mientras las madres de desaparecidos son atendidas afuera de Palacio Nacional por la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, quien les ofreció lo de siempre: que atenderán su reclamo, en el salón Tesorería se organice una fiesta para las madres.
Al ciudadano de a pie le enoja que el presidente hoy esté más involucrado en la elección en Nuevo León, en apoyar a sus candidatos, y en inventar supuestas acciones de golpismo contra su gobierno, que en atender los problemas realmente urgentes del país: el desabasto de medicamentos, la falta de atención a niños con cáncer, la falta de empleo, la falta de vacunas contra el coronavirus y otros padecimientos, entre muchos otros problemas.
También le enoja que la supuestamente independiente Fiscalía General de la República responda con extrema prontitud a la denuncia del ciudadano López Obrador en contra del candidato priísta al gobierno de Nuevo León, como si así reaccionara ante cualquier denuncia ciudadana.
El ciudadano López Obrador está molesto. Las campañas de su partido no están funcionando, y los resultados electorales parecen esfumarse.
