Poca atención se le ha dado en los medios a lo que está sucediendo en Nicaragua. Daniel Ortega, quien alguna vez fue la esperanza de la Nicaragua post-Somoza, ahora es comparado con aquél dictador de los años sesenta y setentas, apoyado, claro, por los Estados Unidos de América: Antonio Somoza Debayle.
Daniel Ortega, miembro activo y relevante del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que se manifestaba en 1974 contra la dictadura, se hizo del poder con un 70% de los votos en las elecciones de 1984. El nuevo gobierno sandinista que significaba la nueva esperanza para Nicaragua, fue un comienzo prometedor pero que no tardó en decepcionar a los nicaragüenses que se vieron defraudados por la falta de crecimiento económico y la desilusión política del gobierno de Ortega.
En las elecciones de 1990, Ortega perdió la presidencia contra Violeta Barrios de Chamorro y se mantuvo así hasta el 2006 cuando ganó de nuevo, con el 38% de los votos, la presidencia de Nicaragua. Este año se cumplen 15 años del gobierno de Ortega y se acerca peligrosamente a ser una dictadura. El grupo de oposición que puede darle batalla al gobierno, Ciudadanos por la Libertad, así como opositores y analistas, se han atrevido a acusar a Daniel Ortega de atrincherarse en la presidencia, “de inspirarse en las despiadadas tácticas de Somoza en los 70 contra sus enemigos políticos, y de reprimir brutalmente cualquier disensión en las calles”.
Así sucedió en el 2018, cuando miles de personas salieron a las calles a manifestarse contra una reforma de la Seguridad Social que, en resumidas cuentas, decretaba el aumento de las contribuciones de trabajadores y empresarios mientras que reducía las pensiones, se reportaron más de 320 personas fallecidas debido a la violenta represión por parte del gobierno de Ortega. Fue una de las peores olas de violencia en la que, por supuesto, hubo actos de represión que se han vivido desde las dictaduras del siglo pasado en América Latina.
Tres años después, se ha visto una escalada en la represión contra la oposición del gobierno del ex guerrillero sandinista. Los esfuerzos por mantenerse en el poder en vista de los comicios que tendrán lugar el 7 de noviembre de este año, lo han llevado a tomar decisiones drásticas que rayan en lo autoritario. Se han puesto bajo arresto domiciliario a distintos líderes opositores como Cristiana Chamorro (hija de la ex-presidenta Violeta Barrios de Chamorro), quien también resulta ser aspirante a la presidencia y, de acuerdo con las encuestas, es la favorita para enfrentar a Ortega en las elecciones; a los exguerrilleros sandinistas Dora María Téllez y Hugo Torres, entre otros más.
Los Estados Unidos de América, actor al que difícilmente se puede dejar de mencionar en situaciones que se suscitan en Latinoamérica, ya se ha pronunciado al respecto. Ha sancionado a altos funcionarios del gobierno nicaragüense como respuesta a los arrestos y represión incesante. Además, varios analistas han puesto sobre la mesa la cuestión de si estos acontecimientos representan un reto importante para el gobierno de Joe Biden, que ha puesto como pilar de su política exterior en la región de Centro América el fortalecimiento de las democracias.
La situación se presenta complicada y los nicaragüenses se encuentran en un punto difícil de su vida política. El peligro que representa el autoritarismo de Daniel Ortega para su país, y una posible intervención mayor por parte de los Estados Unidos de América para “preservar la democracia” en Nicaragua, no se apetecen como una buena combinación de eventos y que ciertamente, pueden tener resultados nada deseables.
