Como era natural, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha entrado ya en el tobogán que lo llevará a la ignominia y lo ubicará entre los peores presidentes de la historia de México. Por supuesto, a su grey no le gusta esta situación, y mantiene firme su convicción de que López Obrador es su mesías, y por tanto su palabra es el mensaje divino que salvará al país.
Precisamente de palabras ha sido este sexenio. López Obrador se limitó a definir cuáles serían sus obras prioritarias, por las que quiere ser recordado, y después se tiró a la hamaca. Con una pierna debajo de ella, se mece dejando pasar el tiempo.
López Obrador calculó que los seis años de su gobierno podría mantener la idea de que era un gran presidente, un demócrata, un humanista. Con esas cualidades, aparentaría conducir a México hacia una nueva etapa en la que la corrupción sería erradicada, y un supremo valor moral cubriría con su manto a la República.
Con palabras distrae al público. Con palabras desvía la atención de lo verdaderamente importante. Sin embargo, la realidad que se vive en México todos los días ha terminado por imponerse a la palabrería y por sepultar los deseos de López Obrador de trascender en la historia como un gran presidente. A estas alturas, López Obrador debería preocuparse porque corre el riesgo de no sólo no pasar a la historia como un gran presidente, sino ni siquiera como un buen presidente.
La palabrería como distractor funcionó al principio del sexenio. En su momento funcionó hablar del avión presidencial, echarle la culpa a Felipe Calderón de todo lo malo que había en el país, y de una supuesta cartera con sólo 200 pesos que nunca se acaban y que tampoco nadie sabe su origen. Sirvió para distraer de un nulo crecimiento económico, de lo que significaba cancelar un aeropuerto autofinanciable para construir otro que no tiene pies ni cabeza, de la rendición del Estado al crimen organizado para que las bandas criminales actúen no sólo libre e impunemente sino con la complacencia y bendición presidencial.
Es la misma palabrería que hoy le pide al CJNG que, por favor, cambie su nombre porque daña la imagen de Jalisco. No le pide que paren sus actividades delictivas, ni les ofrece combatirlos para hacer valer la ley y el Estado de derecho, tomando en cuenta que es evidente que es un grupo criminal que actúa fuera de la ley. No, sólo les pide un cambio de nombre. Algunas propuestas para la nueva denominación podrían ser “Cartel del Bienestar”, o “Cartel 4T Nueva Generación”. No sé, piénsenlo.
La misma palabrería con la que hoy, apoyado con diapositivas, el presidente dice que en Michoacán no hubo un fusilamiento. No, algo así afectaría su imagen. Sí hubo muertos, pero no un fusilamiento. Esas son exageraciones de una prensa que debería enfocarse en saber cuánto gana Carlos Loret de Mola. Esas sí son prioridades.
Pero la palabrería parece no dar para más. La encuesta más reciente de El Financiero señala que la percepción favorable sobre honestidad del presidente López Obrador pasó de 57 a 45 por ciento entre enero y febrero de este año, mientras que la percepción favorable sobre el liderazgo bajó de 53 a 43 por ciento. Por su parte, la percepción favorable sobre la capacidad de dar resultados disminuyó de 50 a 37 por ciento en el mismo periodo.
En cambio, la percepción de que la inseguridad pública es el principal problema del país pasó de 36 por ciento a 38 por ciento entre enero y febrero.
La palabrería ya tocó fondo.
