En política no hay movimientos casuales o improvisados. La salida de Citlalli Hernández de la Secretaría de las Mujeres para reincorporarse de lleno a Morena no es un simple relevo administrativo: es una señal clara de que la maquinaria electoral del oficialismo ya está en marcha, aunque falten todavía meses para que el calendario formal arranque.
Citlalli no se va por desgaste ni por crisis. Se va porque la necesitan en otro frente: el partido. Ahí donde hoy Morena enfrenta tensiones internas, disputas soterradas y una creciente fragmentación derivada del poder mismo. Gobernar une en la superficie, pero divide en el fondo. Y en ese terreno minado, la dirigencia requiere operadores políticos con oficio, lealtad probada y capacidad de contención.
Su paso por la Secretaría de las Mujeres fue, en términos políticos, discreto. Sin grandes sobresaltos, pero también sin un sello contundente que la posicionara como figura de política pública. Su verdadera fortaleza, lo saben en Morena, no está en la gestión institucional, sino en la operación política, en la construcción de acuerdos y en la interlocución con las distintas tribus del movimiento.
Por eso regresa.
Porque lo que viene no es menor. El 2027 no solo será una elección intermedia más. Estarán en juego 17 gubernaturas, la renovación total de la Cámara de Diputados y una larga lista de cargos locales que definirán el mapa político del país en la antesala de la sucesión presidencial. En otras palabras: será una elección bisagra.
De ahí que la eventual salida de Luisa María Alcalde de la dirigencia nacional —aún en el terreno de los rumores, pero cada vez más insistentes— forme parte de un reacomodo más amplio. No se trata de nombres aislados, sino de piezas que empiezan a moverse en un tablero que ya apunta al 2030.
La lógica es sencilla: quien controle el partido en 2027 tendrá una ventaja decisiva rumbo a la sucesión presidencial. Porque más allá de las candidaturas, lo que estará en disputa es la capacidad de cohesión interna, la definición de reglas y, sobre todo, la distribución del poder.
En ese contexto, el regreso de Citlalli Hernández busca cumplir una doble función. Por un lado, fortalecer la estructura partidista con una figura que conoce los resortes internos de Morena. Por otro, intentar “enfriar” los conflictos que comienzan a escalar entre grupos, especialmente en los estados donde se renovarán gubernaturas.
No es un secreto que en Morena las candidaturas se han convertido en el principal factor de tensión. La falta de reglas claras (las encuestas no dejan contento a nadie) la percepción de imposiciones y la creciente influencia de los grupos cercanos al poder presidencial han generado inconformidad incluso entre militantes fundadores. En ese ambiente, la operación política se vuelve indispensable.
Porque si algo ha cambiado en Morena es su propia naturaleza. Pasó de ser un movimiento conformado por diversas corrientes políticas a convertirse en un partido de gobierno, y con ello llegaron los vicios que históricamente criticó: cuotas, cuates, conflictos de interés y luchas por el control territorial. La pregunta es si perfiles como el de Citlalli podrán contener esa dinámica o si, por el contrario, terminarán absorbidos por ella.
A la par de este movimiento, es previsible que el gabinete federal comience a experimentar ajustes. Algunos funcionarios buscarán convertirse en candidatos, lo que implicará su salida anticipada. Otros, simplemente, habrán agotado su ciclo y serán relevados sin mayor ceremonia.
En los pasillos de San Lázaro ya se habla de nombres. Desde titulares de dependencias con aspiraciones abiertas hasta figuras que, pese a su cercanía con el poder, han perdido eficacia política. El caso de Zoé Robledo, director general del IMSS, por ejemplo, aparece con frecuencia en las conversaciones, no necesariamente como un hecho consumado, pero sí como parte de esa lista de posibles relevos.
La lógica detrás de estos movimientos responde a una premisa básica: el gobierno debe alinearse con la estrategia electoral. No hay espacio para figuras que no sumen en el terreno político, por más capacidad técnica que tengan, la prioridad es ganar elecciones.
Y en ese objetivo, el control del partido es fundamental.
Por eso el regreso de Citlalli Hernández debe leerse como una apuesta estratégica. Morena necesita operadores más que administradores. Necesita disciplina interna más que discursos. Y, sobre todo, necesita evitar que sus propias divisiones se conviertan en su principal debilidad frente a la oposición.
Aunque hoy el partido en el poder mantiene una posición dominante, el desgaste natural del ejercicio gubernamental comienza a notarse. La elección de 2027 será la primera gran prueba de ese desgaste y, al mismo tiempo, el primer termómetro real de cara al 2030.
La rebelión en la granja del PVEM y PT, así como la irrupción de nuevos partidos políticos y el reposicionamiento del PAN, MC y PRI, anuncian una contienda política electoral muy intensa.
