En estos tiempos convulsos de la relación entre los gobiernos de México y Estados Unidos, la invitación del presidente Donald Trump a su contraparte mexicana para asistir a la final del Mundial de Futbol celebrada en Nueva York, por las razones que hayan sido, debe considerarse positiva. Un encuentro cara a cara, y no mediante llamadas telefónicas, necesariamente tendrá consecuencias para la relación bilateral y, particularmente, para nuestro país, porque tarde o temprano tendrán que destrabarse los asuntos más delicados de la agenda, entre ellos los señalamientos que involucran a políticos mexicanos con presuntas actividades criminales.
De la reunión informal en la que también estuvo el primer ministro de Canadá, Mark Carney, trascenderá en primera instancia aquello que a cada mandatario le convenga comunicar a su respectiva base política. Los temas verdaderamente espinosos seguramente quedarán guardados bajo siete llaves y será con el paso de los días, a través de decisiones concretas, como podremos conocer qué se habló y, sobre todo, qué se acordó en ese encuentro celebrado al calor de una final mundialista.
Lo cierto es que ambos gobiernos están montados en su macho.
Por un lado, México exige pruebas contundentes antes de proceder contra gobernadores, legisladores, funcionarios y exfuncionarios de Morena señalados desde Estados Unidos. Por el otro, la administración Trump sostiene que los cárteles mexicanos representan una amenaza directa para la seguridad de su país y presiona para que México actúe contra personajes políticos presuntamente vinculados con organizaciones criminales.
El problema es que Washington difícilmente dará marcha atrás. Mientras no exista lo que desde la Casa Blanca pueda interpretarse como un gesto contundente de cooperación del gobierno mexicano contra personajes reclamados o investigados por autoridades estadounidenses, la relación bilateral continuará bajo presión.
El desencuentro entre ambos países contamina inevitablemente otros asuntos estratégicos, desde migración y combate al tráfico de fentanilo hasta comercio, inversiones y la revisión del T-MEC. México tiene demasiado que perder si permite que los expedientes políticos y criminales terminen contaminando una relación económica de la que dependen millones de empleos.
Quizá llegó el momento de que Claudia Sheinbaum valore el lugar que quiere ocupar en la historia.
Una cosa es mantener la cohesión interna de Morena y otra muy distinta asumir el costo de proteger políticamente a correligionarios sometidos a graves señalamientos. También llegó la hora de ejercer plenamente la Presidencia de la República, con independencia y autonomía frente a Andrés Manuel López Obrador.
A unas semanas de cumplir dos años al frente del Ejecutivo federal, Sheinbaum parece haber escogido hasta ahora el camino de la continuidad absoluta con su mentor. La consigna de construir el “segundo piso de la transformación” también ha significado cargar con los pasivos políticos del sexenio anterior y defender personajes que se han convertido en un pesado lastre para su administración.
Esa es una apuesta perdedora.
Estados Unidos no dará tregua en su ofensiva contra los grupos criminales mexicanos y tampoco parece dispuesto a ignorar las presuntas redes de protección política que, desde su perspectiva, les han permitido operar durante años.
Por ello, la presidenta enfrenta una disyuntiva que cada día se vuelve más complicada: mantener el discurso de soberanía y defensa de sus compañeros de movimiento o profundizar la cooperación con Washington, incluso cuando ello implique permitir que las investigaciones alcancen a personajes relevantes de la llamada Cuarta Transformación.
En pocas palabras, no tiene demasiado margen de maniobra: coopera o coopera.
Una cosa es el discurso incendiario de las mañaneras, diseñado para alimentar a la clientela política del régimen y mantener cohesionada a la militancia, y otra muy distinta es la cruda realidad de sentarse frente al presidente de Estados Unidos y administrar una relación profundamente asimétrica.
Trump, además, enfrenta sus propias necesidades políticas. Con las elecciones intermedias de noviembre en el horizonte, necesita ofrecer resultados a su electorado en seguridad fronteriza, migración y combate al narcotráfico. México inevitablemente ocupa un lugar central en esa estrategia.
Más allá del discurso triunfalista que seguramente se construirá desde Palacio Nacional sobre el encuentro entre Sheinbaum y Trump, los hechos serán los que revelen el verdadero alcance de la conversación.
Si comienzan a producirse movimientos contra políticos mexicanos señalados desde Estados Unidos, sabremos que aquella reunión mundialista fue mucho más que una fotografía diplomática.
La pelota ya está en la cancha de Claudia Sheinbaum.
Puede seguir cargando sobre sus espaldas los expedientes, sospechas y personajes incómodos heredados de la administración anterior o puede asumir plenamente el poder presidencial y deslindar su gobierno de quienes tengan cuentas pendientes con la justicia.
Y si alguien piensa que con el tiempo o con las simulaciones de la Fiscalía General de la República en perseguir a los personajes señalados por Estados Unidos, las cosas allí quedarán, pues están totalmente equivocados, ya que la justicia norteamericana es implacable.
