El proyecto político de Andrés Manuel López Obrador de llevar al país a la Cuarta Transformación, solo quedará en un deseo guajiro que en una consumada realidad, en virtud de que hay múltiples amenazas que hay sortear, siendo la cohesión al interior de Morena, el mayor reto a enfrentar.
Tan solo en el poder legislativo hay evidencias clara de fractura entre los principales liderazgos tanto en la cámara de Senadores como en la de Diputados que pondrán en riesgo la construcción de un nuevo andamiaje jurídico que requiere ese nuevo modelo de país que tanto pregona el presidente electo.
Desde un inicio desde que aún no estaban definidas las coordinaciones de los grupos parlamentarios en ambas cámaras, ya se daban con todo Martí Bartres y Ricardo Monreal y por su parte Mario Delgado y Porfirio Muñoz Ledo, amén de otros morenistas como Dolores Padierna e incluso Pablo Gómez. Todos tratando de llevar agua a su molino pero sin una clara intención de salvaguardar los objetivos de su partido y eso es entendible, toda vez que la plataforma ideológica y el adoctrinamiento entre los militantes existe pero solo en el papel.
Cada quien entiende el proyecto de Morena como dios les dio a entender. Conforme a una visión particular, basada en su experiencia y en su militancia en la izquierda mexicana, aunque algunos de ellos son más de derecha que los panistas de cepa.
El modelo de partido se construyó en torno a una figura central, AMLO, y en la medida que fue ganando simpatías entre la población se fueron sumando adeptos, tránsfugas la mayoría de ellos, que vislumbraron el futuro prometedor de Morena.
Solo la lealtad a López Obrador es el factor de cohesión, aunque en el fondo no exista más.
Los egos, las visiones particulares y grupales se imponen sobre propósitos superiores.
Entonces la lucha fratricida se vuelve encarnizada y eso que apenas empieza Morena a gobernar.
En la cámara Alta no obstante que la experiencia, la cordura y habilidad para tender puentes con sus adversarios políticos, está de lado de Ricardo Montreal, lo cierto es que Bartres en una metamorfosis de líder combativo y callejero a legislador con aires conciliatorios, trata de ganar voluntades entre sus pares para eventualmente asumir mayor control entre los senadores.
Igual sucede en la cámara Baja en donde el largo colmillo de un ex priista anclado al pasado, como lo es Porfirio Muñoz Ledo, trata de imponer su voluntad sobre un desconcertante y neófito Mario Delgado que con sus primeras declaraciones en torno a la reforma educativa, puso en aprietos hasta Esteban Moctezuma, próximo titular de la SEP.
Esa competencia entre Morenos no contribuye en nada a la construcción de un ambiente político que incentive la productividad en el poder legislativo.
Ahora resulta que el reto para los legisladores de Morena, no es tender puentes de entendimiento con otras bancadas opositoras, sino en el propio seno, al interior de las fracciones de Morena, las que son mayoría en ambas cámaras, pero que tienen entre sus filas a legisladores más belicosos e intrigosos que un patio de vecindad y lo que menos les importa, es cumplir con la encomienda que la ciudadanía les otorgó en las urnas.
Lamentable el papel que hasta ahora ha hecho Morena en el Congreso ya que sus miembros están más ocupados en ganar espacios y posiciones de poder al interior de los cuerpos colegiados que lo integran y en los órganos de dirección y administración de la cámara de Diputados y la colegisladora, que en empezar a plasmar en la realidad legislativa, la agenda que se construyó para la Cuarta Transformación.
