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Se tenía que decir… El abandono de las mascotas. Por: Santiago Cárdenas. Destacado

08 Jul 2020
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La política social del presidente Andrés Manuel López Obrador es muy sencilla de describir: si representa votos a favor, es buena; si no, no sirve. En pocas palabras, la política social del actual gobierno es completamente electoral.

 

A pocos meses de iniciado su gobierno, López Obrador defendió sus programas sociales, basados en la entrega directa de dinero en efectivo que no ayuda a la población de escasos recursos a superar la pobreza, pero sí garantiza lealtades que se traducen en votos. En aquella ocasión, el mandatario comparó los apoyos destinados a las personas en situación de pobreza con la atención a las mascotas.

 

Crítico permanente de las acciones del neoliberalismo, aún de aquellas que han demostrado su eficiencia, López Obrador considera, por ejemplo, que apoyar a las pequeñas empresas y a sectores vulnerables de la economía que están en riesgo de desaparecer a causa de la pandemia del coronavirus representa un “rescate” con cargo al erario. Compara lo que ocurrió en 1995 con el Fobaproa con lo que ocurriría si el gobierno invierte en apoyar a pequeñas y microempresas.

 

El presidente concibe que la atención a los pobres es como atender a una mascota. “Ni modo que se le diga a una mascota: ‘a ver, vete a buscar tu alimento’. Se les tiene que dar su alimento, sí, pero en la concepción neoliberal todo eso es populismo, paternalismo”, describió sin rubor.

 

La falta de idea para gobernar buscando el bien común se resuelve muy fácil: entregando dinero a manos llenas. A final de cuentas, todo aquel que recibe dinero del gobierno pagará con su voto a favor. Toda la política social del actual gobierno tiene un sentido electoral.

 

En el caso de la prevención y el combate al coronavirus, el gobierno ya ha dejado sola a la gente. En la narrativa del gobierno, ahora los responsables de los contagios, y de las muertes por supuesto, son los propios ciudadanos. El gobierno falló en su “estrategia” de contención de la epidemia y su mayor preocupación siempre fue de imagen.

 

Para el gobierno, lo que importa es que la imagen gubernamental y del propio presidente queden a salvo. No importa el número de contagios, y tampoco el número de muertes.

 

Al momento de escribir esta columna, México se ubica en el quinto lugar entre los países con más muertes por COVID-19, detrás sólo de Estados Unidos, Brasil, Reino Unido e Italia. Si continuamos con el promedio de los últimos cinco días (565 diarios y 23.5 por hora), los fallecimientos rebasarán los 35 mil el próximo domingo, con lo que México se ubicaría seguramente en el cuarto lugar entre los países con más muertes a causa del COVID-19, pero también se rebasaría el número de fallecimientos previsto por la Secretaría de Salud en el país.

 

Tanto el presidente como el subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, Hugo López-Gatell, principal responsable de las acciones de prevención y combate al coronavirus en el país, hicieron comparaciones de los contagios y las muertes en México contra los de otros países. Ahora que las cifras ya no son favorables para nuestro país, ambos califican las comparaciones como mezquinas y transfieren la culpa de las muertes a la propia sociedad.

 

López-Gatell señaló que las epidemias de obesidad, diabetes e hipertensión en México son la causa fundamental de que los casos de COVID-19 se agraven. Justificó que, junto con la hipertensión y el tabaquismo, continúan siendo las principales comorbilidades de los pacientes con COVID-19 que llegan a morir. “México es uno de los países que ha tenido el más grande daño poblacional por la mala nutrición”, resaltó. Con ese mensaje, el gobierno se deslinda de su responsabilidad. Si te enfermas y falleces es por gordo, por diabético o por hipertenso, parece decir.

 

El subsecretario de Salud culpa a la mala alimentación de agravar el escenario de la pandemia en México. Mientras, en Palacio Nacional, un presidente obeso, con problemas de hipertensión y antecedentes cardiacos presume su desayuno: una guajolota.

 

Como ha sido durante toda la pandemia, el mensaje del presidente López Obrador descalifica lo que diga López-Gatell. Ello levó al subsecretario a tener que afirmar que la fuerza del mandatario es moral y no de contagio, lo que nos hizo comprender que el científico prefiere perder su credibilidad y prestigio antes que perder la chamba.

 

En la prevención del coronavirus, el gobierno ha dejado solos a sus animalitos, a sus mascotas. La lógica es que quien fallezca ya no podrá votar, por lo que ya no será “útil a la causa”. En la prevención, el gobierno ya bajó la cortina y transfiere la responsabilidad a los ciudadanos, o cuando mucho, a los gobiernos estatales.

 

Las mascotas ahora caminan solas, sin correas. El gobierno ya no las cuidará.

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