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Orbi 21. Manchados por la corrupción. Por: Cristina Cardeño Destacado

24 Ago 2020
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Muchas veces se ha planteado la pregunta de si la corrupción es un tema cultural o sólo un mal de las élites políticas que gobiernan a los países. De esta misma se han derivado debates interminables como en el que incluso el ex presidente Enrique Peña Nieto afirmaba que la corrupción se trata de un tema meramente cultural. En países como el nuestro, la corrupción ha sido históricamente un tumor enquistado, y en específico, dentro de la clase política.

 

La lista de países que tienen un elevado índice de percepción de corrupción es larga y México, de acuerdo con Transparencia Internacional, es percibido como altamente corrupto. Resulta un punto importante, pues este fue uno de los grandes motivos que le dio la victoria presidencial a Andrés Manuel López Obrador. El más reciente escándalo político que ha dado a conocer el propio presidente es el caso de Emilio Lozoya, al que AMLO le había estado sacando partido con fines más allá de los propios benevolentes de acabar con este gran mal mexicano, hasta que se publicaron videos donde se mostraba a su hermano, Pío López Obrador, recibiendo dinero para financiar en el 2015 a Morena, partido del actual presidente.

 

Pero como ya se mencionó, México es sólo uno de los 180 países evaluados por la Organización Transparencia Internacional, ocupando el lugar 130, pues hasta en los países catalogados como desarrollados y mucho más democráticos que el nuestro, los actos de corrupción en sus élites gobernantes también son el pan de cada día. Un ejemplo que ha tomado fuerza últimamente es el caso del rey español emérito, Juan Carlos I, que ha salido exiliado de España al abrirse dos investigaciones judiciales en el país del ex monarca y en Suiza, donde se ha demostrado tiene, al menos en una de las cuentas, 100 millones de euros a nombre de una dudosa fundación Panameña, así como transferencias millonarias por parte de los monarcas saudíes y otros tantos millones para sus amantes.

 

Los dos ejemplos sirven para demostrar el gran cáncer que es la corrupción. Su normalización la arraiga haciendo caer tanto a las élites políticas como a sus sociedades en un círculo vicioso en el que se impide el avance social, político y por supuesto económico de un país. Monarcas o presidentes se han visto envueltos en escándalos que ocasionalmente terminan en verdaderos castigos.

 

A pesar de la similitud de casos, ¿existe alguna diferencia entre ambos países? En primer lugar, es bien sabido que la impunidad en México es elevadísima, concretamente se encuentra dentro los 10 países con mayores índices de impunidad a nivel mundial ocupando el lugar 60 de 69, mientras que España está dentro de los 15 países que destacan por un nivel bajo de impunidad. Ambos países han acarreado la problemática de élites gobernantes inmiscuidas en actos de corrupción que terminan manchando incluso a la Corona, y en el caso mexicano, hasta a presidentes. Por ende, la diferencia entre ambos radica en las Instituciones que pueden funcionar para castigar o favorecer a los políticos. España ha castigado a miembros de la Casa Real, como la Infanta Cristina, y su esposo, Iñaki Urdagarin, resultando en la dimisión del propio Juan Carlos.

 

Aunque, si bien el monarca Juan Carlos está protegido por la Constitución, la credibilidad y fortaleza de la monarquía depende completamente de cómo logre su hijo, el Rey Felipe VI, salvar a la Corona de los actos de su padre, enfrentando así a los políticos de izquierda que no dejarán pasar de largo las nuevas acusaciones que se le hacen al rey emérito. Para López Obrador, que ha sufrido un grave golpe en su “lucha contra la corrupción”, es aún más lamentable el caso pues arrastra también la poca esperanza que algunos ingenuamente habían depositado en él para finalmente acabar con el mal de la corrupción, al normalizarla y hacer de la justicia una más selectiva que justa.

 

La corrupción impide el avance social y económico de una sociedad. Daña en términos económicos porque la corrupción cuesta y le cuesta a los gobiernos. En efecto, es un lastre porque le impide a la sociedad avanzar democráticamente, y quienes terminan siempre siendo los más afectados son los ciudadanos, ya sean mexicanos o españoles.

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