A lo largo de los años he visto de cerca la tragedia que ha representado para muchas familias perder a algún familiar cercano o sus pocos valores materiales tras el paso de algún fenómeno natural.
Las historias de desesperación de los padres que no pudieron proteger a sus hijos. Las historias de personas que perdieron lo poco que habían acumulado tras varios años de esfuerzos. Los relatos de quienes sienten el agobio de haber perdido sus casas, sus enseres.
Después de muchas pláticas con esa gente, en esos momentos, lo que queda claro es que lo único que piden es ayuda para rescatar lo que se pueda, o apoyo para empezar de nuevo. Sentir a la autoridad cerca representa para esa gente una esperanza.
A lo largo de los años también he visto a las autoridades que acuden a los sitios de la tragedia y se meten a las calles inundadas tras un ciclón o un huracán o se suben a los cerros de escombro tras un sismo para, critican algunos, tomarse una foto y que quede constancia de su presencia en el lugar. Lo cierto es que hacer acto de presencia en el lugar de la tragedia es importante para una autoridad.
Llama la atención lo que el presidente Andrés Manuel López Obrador hizo en días recientes en Tabasco.
Cuando anunció que cancelaba su gira por Nayarit para acudir a Tabasco, donde la gente sufre actualmente una nueva inundación tras las fuertes lluvias y el desfogue de la presa “Peñitas”, todo mundo pensó que la visita a su tierra implicaría un acercamiento con los damnificados. No fue así.
El presidente decidió no mancharse los zapatos, y sólo sobrevoló la zona afectada y encabezó una reunión en la que le informaron las afectaciones y las acciones que se llevan a cabo para mitigar los efectos dañinos en la población afectada. Al término, una conferencia de prensa, y tan, tan.
Lo que hizo en Tabasco, bien lo pudo haber hecho desde su oficina. Dos días después, decidió reunirse con los gobernadores de Chiapas, Tabasco y Veracruz en Palacio Nacional. De acercamiento con los damnificados, nada.
En Tabasco, Chiapas y Veracruz hay cerca de 185 mil afectados por las inundaciones. El paso de las lluvias dejó 27 fallecidos. En Tabasco, el estado más afectado, fallecieron cinco personas y se registran 148 mil damnificados y 35 mil viviendas inundadas. Los municipios más dañados son Centro (Villahermosa), Macuspana y Tlacotalpa.
En Chiapas hay 16 mil afectados, dos personas fallecidas y 189 mil viviendas inundadas, mientras que en Veracruz las afectaciones abarcan 15 municipios, 20 mil damnificados y 2 mil viviendas inundadas.
Una vez que el FONDEN fue desaparecido, ahora el reto para el gobierno será llevar la atención inmediata a los damnificados.
El presidente López Obrador decidió no acudir a las zonas damnificadas. La información que tendrá será la que le llegue por sus colaboradores y los gobernadores. Él no escuchará de viva voz a quienes sólo piden ayuda para recuperar lo que perdieron.
Con los zapatos intactos, López Obrador decidió ver de lejos la tragedia que viven 185 mil mexicanos.
Su gobierno ya justifica ese alejamiento. El jefe de la Oficina de la Presidencia, Alfonso Romo, calificó de “criminal” que el Estado mexicano en 100 años no haya previsto accidentes como las lluvias del pasado fin de semana. Un buen intento de distracción para echarle la culpa nuevamente al pasado de todo lo malo que pasa en México.
El gobierno federal ya prepara la estrategia de apoyo a los damnificados de Tabasco, Chiapas y Veracruz, una tríada de estados gobernados por Morena, la cual incluye el reparto de dinero en efectivo.
Extraña decisión la del presidente de no visitar las zonas dañadas. Quienes resultaron damnificados sólo piden ayuda, y se hubieran sentido mejor con la cercanía de la autoridad.
