Faltan cuatro años para la elección presidencial de 2030 y algunos dirán que resulta demasiado pronto para hablar de sucesores, candidaturas y proyectos presidenciales. En política, sin embargo, cuatro años pueden ser una eternidad para gobernar, pero no necesariamente para construir una candidatura presidencial.
Por ahora hay dos nombres que, desde nuestra perspectiva, conviene colocar bajo la lupa: Luis Donaldo Colosio Riojas y Andy Manuel López Beltrán.
No porque sean necesariamente quienes encabezan hoy las preferencias electorales, porque no es así, sino porque alrededor de ambos se construyen rutas políticas hacia 2030.
Movimiento Ciudadano tiene en Colosio Riojas uno de sus principales activos nacionales. Actualmente es senador por Nuevo León y carga, para bien y para mal, con uno de los apellidos de mayor peso simbólico de la política mexicana.
La ruta que algunos imaginan para él pasa eventualmente por Sonora y después por la candidatura presidencial.
Colosio, sin embargo, ha puesto públicamente distancia respecto de una candidatura inmediata a gobernador o a la Presidencia. Eso no significa que esté descartado. En política cuando se saca la cabeza o se alza la mano para algún cargo, de inmediato comienzan los ataques. Es mejor negar la aspiración.
Movimiento Ciudadano necesita, además, resolver su propia sucesión interna y definir quién puede convertir el crecimiento territorial del partido en una verdadera alternativa nacional.
Del otro lado aparece Andy López Beltrán.
El hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador carga con una ventaja extraordinaria y también con un enorme lastre: su apellido.
Como hemos escrito en otras ocasiones, el talento y el carisma, no se hereda ni se mama.
La posibilidad de construirle una trayectoria que pase por el Congreso y eventualmente por Tabasco para proyectarlo nacionalmente resulta políticamente imaginable, pero no debe presentarse todavía como un itinerario consumado.
Además, existe un problema fundamental para Andy: el obradorato puede construir candidaturas, pero no puede heredar automáticamente popularidad.
Una cosa es ser hijo de Andrés Manuel López Obrador y otra muy diferente poseer su capacidad de movilización, olfato político y astucia para mover a millones de mexicanos.
Las presidencias no se transmiten mediante el acta de nacimiento.
Y aquí aparece el personaje que puede echar abajo cualquier proyecto sucesorio previamente diseñado dentro del oficialismo: Omar García Harfuch.
El secretario de Seguridad tiene hoy algo que Andy todavía no posee: capacidad operativa, posicionamiento nacional y números.
Una encuesta de MetaMetrics publicada en mayo colocó a Harfuch con 36.3% de las preferencias para encabezar a Morena en 2030, seguido por Marcelo Ebrard con 20.4%. Otro ejercicio de GobernArte de mayo lo ubicó todavía más arriba, con 44.5%, frente a 20.9% de Ebrard y apenas 6.2% de Andrés Manuel López Beltrán
Son fotografías extremadamente prematuras, pero muestran algo que no debe ignorarse: si hoy Morena tuviera que escoger candidato presidencial mediante popularidad, Harfuch tendría argumentos mucho más sólidos que Andy López Beltrán.
Harfuch ya comprobó en la contienda por la Ciudad de México que ganar preferencias internas no necesariamente significa obtener una candidatura cuando los grupos duros del movimiento consideran que otro perfil representa mejor sus intereses políticos.
Por ello su eventual candidatura presidencial dependerá de mucho más que buenos números.
Dependerá de los resultados que entregue en seguridad, de su relación con Claudia Sheinbaum, de las resistencias del obradorato más ortodoxo y, sobre todo, de quién tenga realmente el control político de Morena cuando llegue la hora de destapar la corcholata de 2030.
Enrique Peña Nieto comenzó a construir su candidatura presidencial muchos años antes de 2012. Su exposición desde el Estado de México lo convirtió progresivamente en la carta natural del PRI.
Andrés Manuel López Obrador nunca abandonó realmente la carrera presidencial después de 2006 y llegó a 2018 como un candidato construido durante más de una década.
Y para 2024, aunque Marcelo Ebrard, Adán Augusto López, Ricardo Monreal y otros personajes participaron en aquella peculiar competencia de las corcholatas, desde mucho antes, Claudia Sheinbaum aparecía como la heredera política preferida de López Obrador.
Por eso resulta ingenuo sostener que hablar de 2030 es adelantarse demasiado.
Lo verdaderamente interesante será observar cómo se alinean las estrellas durante los próximos dos años.
Primero viene 2027, en donde se impondrá Morena, pero con grandes pérdidas en los estados y en la Cámara Baja federal y dependiendo de estos resultados, se fortalecerá determinada candidatura presidencial, pero conociendo la terquedad de AMLO, no tengo dudas que será Andy el bueno de su proyecto político, aunque esto represente la derrota.
